viernes, 15 de julio de 2011

Hielo y Fuego

Vacaciones de verano ya iniciadas, pero aún así tenía que asistir a una última clase del cuatrimestre de su primer año de universidad. Revisión de examen final, para los que no lo habían superado.

En general podía decir que le había ido bien, excepto, claro está, en este curso. Es que aquí no podía evitar distraerse. Su docente, era una mujer joven, aun sin ser madura, de unos juveniles 30 años. Hermosa, sensual, morena y atlética. Podría bien haber sido profesora de aerobic o spinning. Imaginaba verla en unos shorts de lycra ceñidos y un top que revelase el volumen de sus pechos, sosteniéndolos firmemente a pesar del ejercicio.

Pero no. Era docente de esta cátedra universitaria, por lo que no llevaba ese short ni ese top. Llevaba en cambio una fina falda de verano, con tablas, un poco mas abajo de sus rodillas y una camisa, eso sí, ceñida a su figura.

Esa figura se había ido revelando de a poco, a medida que el invierno quedaba atrás y la primavera iba llegando y elevando las marcas en los termómetros.

Recordaba claramente la tarde en la que estando al frente de la clase, en medio de una explicación teórica, se había quitado la rebeca y quedado con una camiseta clara. Recordaba como el movimiento de llevar los brazos hacia atrás para quitársela, había proyectado sus pechos hacia adelante y hacia arriba.

Cómo prestar atención a la teoría, con esas prácticas. Cómo no distraerse. Llevaba distrayéndose así cuatro meses. Cuatro meses que llevaba fantaseando con ella siendo su fantasía mas recurrente.

Y allí estaba ahora, en la revisión de exámenes finales, por no haber prestado atención a lo que debía habérsela prestado. Y ahí estaban sus compañeros que tampoco habían atendido. Y la docente que los estaba llamando por orden alfabético, uno por uno al frente para revisar el examen en voz baja. Y él seguiría esperando... se llamaba Zamora.

Mientras esperaba, recordaba su última fantasía intima. Una fantasía de la que ella era la protagonista. La imaginaba desnuda, claro. Y la acariciaba suavemente, recorriendo su piel con las puntas de sus dedos, tocándola apenas, viendo la protuberancia creciente de sus pezones rosados, perfectos... y de su clítoris... rosado... perfecto. Y como siempre, sus ensoñaciones eróticas, le provocaban reacciones físicas.

Aburrido, siguió pensando en como la tocaba, como la acariciaba, como ella respondía a sus caricias. Y tanto debía esperar su turno, que perdió la noción del tiempo, abstraído en sus pensamientos. Llegó incluso a garabatear sus cuerpos desnudos representando esas imágenes.

Así, ella tuvo que llamarlo dos veces para que reaccionase, apartando esas imágenes de forma inmediata de su mente... pero las consecuencias físicas de haberlas tenido en mente tanto tiempo, no iban a desvanecerse tan fácilmente.

Viendo que era el último, se puso en pié y utilizando los recursos a su alcance, se aproximó a ella recorriendo ese largo pasillo entre los bancos vacíos. Dejó su mochila colgar delante de él, ocultando la erección, haciendo como que acomodaba sus libros y apuntes, encorvado hacia adelante y demorando su llegada.

Una vez allí intentó sentarse junto a ella sin que se notase el abultamiento en su entrepierna. Pero no lo consiguió, y ella observó de reojo su erección, como una venganza a como él había mirado sus pechos y su culo durante todo el cuatrimestre. Pero lo que consideró que era suficiente como retribución, notó que llamaba su atención y volvía a mirar cuando lo consideraba seguro.

Así comenzó la revisión del examen, y él requería dos explicaciones del mismo tema, preguntaba cosas que debería saber de sobra y reflexionaba sobre lo que ella le explicaba para dejar pasar el tiempo y lograr que su erección se relajase. Pero ella interpretó que él estaba haciendo lo posible para estirar esa entrevista a solas en aquella aula vacía.

Pero su erección no cedía. Y ya no sabía como prolongar su estadía en aquella silla, salvo con más preguntas sobre el examen, incluso acompañándolas con imprecisos gráficos, por lo que sacó su libreta y en una hoja en blanco hizo unos trazos, un corte de la tierra, el manto, magma, un volcán, con algún error conceptual introducido a propósito.

Como buena docente, procedió a corregir sus errores, lo que le daría tiempo y lo haría pensar en otra cosa. Pero en medio de la explicación, ella se detuvo de pronto, él la miró intrigado y vio como ella lo miraba entre sorprendida y divertida. Pensó en bajar la vista a verificar si su erección resultaba muy evidente, pero lo que vio en el camino fue que ella había dado con los garabatos sexuales al pasar las páginas.

Ella estaba sorprendida por la desfachatez de su alumno. Sabía que se sentía atraído, como otros a los que había visto la misma mirada, desnudándola en clase, pero ninguno había llegado tan lejos insinuándose así.

-Los gráficos de la corteza estaban mal, pero estos... están bastante conseguidos- dijo divertida.

Sintió vértigo al verse descubierto así ante ella. Revelada su sucia perversión. Pero esto, como muchas otras cosas, es solo cuestión de perspectiva. Lo que para el resultaba vergonzoso, insultante y completamente fuera de lugar, para ella resultaba... sexualmente divertido.

-Pero -continuó-, mis pezones son mas pequeños... -hizo un nuevo dibujo- Así, ves?

Incrédulo, no tuvo reacción.

-Y la parte del dibujo que te toca -dijo yendo aun mas lejos-, por lo que veo, no la has exagerado.

La adrenalina recorría su organismo, mientras ella se levantó de su silla y fue hacia la puerta del aula. Inmóvil en su silla, recuperando la erección que hacía un momento había empezado a ceder, quedó con la vista perdida en el escritorio delante suyo, en el vaso de agua helada, y en el cubito de hielo que flotaba solitario.

-Qué pensativo -le comentó mientras volvía-.

-Eh? Sí... No... No sé.

-¿Qué pasa chiquitín? ¿Te arrepientes de insinuarte? Me ha gustado tu arrojo, me has sorprendido, y... y eso -concluyó.

Antes de volver a su silla, se apoyó en la mesa y su camisa estrecha, reveló el relieve de sus pezones erectos... y sí, eran mas pequeños de lo que el imaginaba y dibujaba.

-Bueno... no queda nadie por aquí -dijo-. Este es mi ultima clase. Entregaré las revisiones y ya no vuelvo a esta universidad. Tengo una beca de investigación, me voy al sur. Tuve que trabajar mucho para conseguirla -se sentó a su lado-. Llevo 2 años con eso, y al final han premiado mi tesis. Pero todo tiene un precio -se inclinó hacia adelante, apoyando un codo en el borde del escritorio y la mano que colgaba de ese apoyo, reposó en el muslo, muy cerca de la erección-. Tanta dedicación al proyecto, hizo que haya descuidado otros aspectos de mi vida, sobretodo el sexual -y la mano ejerció una suave y dulce presión en ese muslo tenso.

El la miraba entre sorprendido y excitado. Aún inmóvil.

-¿Y a ti? -continuó-¿tampoco te ha ido bien con las chicas este año? No hay muchas en la clase, la verdad. Y esta carrera absorbe mucho ¿no? No deja tiempo a las relaciones sociales, y si vienes de otra ciudad, no tienes muchos colegas con los que salir, y conocer chicas con las que intimar... llevarlas a tu piso... besarlas, tocarlas, desnudarlas... ¿no? -su mano ya masajeaba el muslo interior y la erección se movía bajo el pantalón.

-No... no tuve casi sexo este año... -dijo él-. Bueno salvo del sexo en soledad -confesó.

-Sí, el tipo de sexo que tengo hace 2 años -confesó ella-. Me has pensado mucho este año, ¿verdad? -su mano subió acariciándole el interior del muslo, hasta apoyar el canto contra su entrepierna erecta-. ¿Dije ya que no queda nadie aquí? ¿Dije ya que no me gusta tomar la iniciativa tanto tiempo? ¿Y que me gusta que se preocupen por mi placer?

-En mis fantasías masturbatorias, toda la iniciativa es mía. Estoy atento a tus expresiones, para saber qué cosas te gustan, y sientes como si te conociera, como si hubiésemos estado juntos mucho tiempo y conociera todas tus preferencias.

-Interesante... ¿cual es la que más te excita, y en la que más me excitas?

-Bueno, hay una en la que en medio de la fantasía, se nos une una chica...

-No -lo interrumpió-, prueba otra cosa.

Ya era hora de hacer algo, o de decidir no hacer nada. Pero la verdad es que prefería hacer algo. Así que se puso en pié, y ella lo miró desde abajo un tanto sorprendida, sin saber exactamente lo que fuese a hacer a continuación.

-Ven -dijo él.

Esto ya era mejor, cedería la iniciativa, que no le gustaba tener. Se puso en pie y quedó frente a él. Le llevaba casi 10 años. Pero físicamente él era mas grande. Y de tan cerca, tenía que mirar un poco hacia arriba para el contacto visual.

La rodeó por la cintura con un brazo y llevo su otra mano a la nuca redondeada y poblada de aquellos sensuales bucles morenos. Acercó su rostro y ella respondió igual. Aproximaron sus labios y se besaron acariciando sus lenguas de inmediato. Se recorrían una a la otra, de arriba a bajo, dentro de una boca, y al instante siguiente, de la otra. Durante un prolongado momento, mientras su mano revolvía los bucles con suavidad, con lentitud, acariciando su nuca, su fino y estilizado cuello, y ella echando la cabeza hacia atrás, recibiendo su lengua en su boca. Y a medida que ese beso ganaba intensidad, parecían que se comiesen las bocas, literalmente.

La erección que tanto había querido relajar, ya no lo abandonaría hasta el final. Los pezones erectos de ella, tampoco se relajarían ya.

El beso concluyó de momento, ya que mas adelante volverían a besarse, con la misma intensidad, en diferente postura.

Apartándose unos centímetros de ella, le empezó a desabotonar la camisa ceñida, viendo lo bien que le marcaba la figura y la erección de sus pezones. Y aunque ella había declarado que no gustaba de tomar la iniciativa, no se quedó atrás, respondiendo a los estímulos.

Mientras él desabotonaba el último botón de esa camisa, revelando un sujetador blanco inmaculado con encajes y transparencias, ella por su parte, había llevado sus manos a masajear la erección por encima del pantalón. Y esa posición de los brazos, estirados, hacia abajo y con sus manos unidas sobre ese pene grueso y oculto, hizo que sus pechos se elevasen, marcando su canalillo y aumentando la apariencia de su volumen.

Su masaje se interrumpió cuando tuvo que llevas sus brazos hacia atrás para quitarse la camisa, lo que a él le recordó aquella vez, quitándose la rebeca. Pero esto era mejor. Sus pechos se proyectaron hacia él y el sujetador transparente dejaba apreciar esos pezones rosados. Sin tener control de sus movimientos, vio de pronto sus manos cubriendo suavemente esos pechos grandes y armoniosos y a ella congelándose en esa posición, permitiendole tocárselos.

-Te gustan, ¿no? -le preguntó.

-Sí, mucho -respondió masajeándolos.

-Mmm, que lindo que los tocas.

-Siento tus pezones duros contra mis palmas.

-Siento tu palma contra mis pezones duros.

Terminó de quitarse la camisa, y con los brazos aun a la espalda, los flexionó y se soltó el sujetador, que al no tener tirantes quedo en su lugar sostenido por las manos sobre sus pechos. Pero no por mucho, ya que él lo tomó y dejó sobre la mesa, casi derramando el vaso con agua y el cubito de hielo que siguió flotando ausente.

La hizo girar sobre sí misma y la rodeó con sus brazos. Ella torció la cabeza y movió sus bucles morenos despejando ese cuello estilizado, y el descendió como un vampiro a lamérselo. Mientras, sus manos desabotonaban la falda y esta caía sobre esos zapatos de taco.

Sus manos entonces, subieron y tomaron sus pechos desde abajo, elevándolos sin necesidad. Acariciándolos. Recorriéndolos. Sintiendo su turgencia, su esponjosidad, su suavidad, encontrando de pronto el contraste de sus pezones dulcemente ásperos y duros como si fuesen islas de incoherencia en ese mar calmo de piel blanca.

Ella arqueó su espalda por primera vez, entregando sus pechos a esos masajes y caricias tan certeras. Giró su rostro hacia él y se besaron de nuevo, con intensidad cuando las caricias se habían centrado en sus pezones y los retorcían suavemente entre sus dedos. En el beso profundo ella le jadeo dentro de la boca y él respiró su jadeo.

Liberándose de sus caricias, giró de nuevo quedando frente a él, y procedió a desnudarlo. Su camiseta juvenil, sus vaqueros gastados artificialmente, su boxer demasiado amplio, pero al parecer muy cómodo. Y al final, allí estaba. La erección en plenitud. Latente. Palpitante. Viva.

Se quitó la falda de los pies, y de paso la braguita igualmente inmaculada. Antes de que se arrodille, él pudo ver que iba depilada por completo. Esto quedó opacado cuando sintió la suavidad, calidez y humedad del interior de su boca cubriendo parte de su erección.

Volvió a acariciar sus bucles morenos mientras ella movía su cabeza sutilmente adelante y atrás, y ronroneaba con la boca llena. Las pequeñas y femeninas manos sostuvieron sus testículos, sintiendo tu sensual peso. Luego lo rodearon y aferraron sus nalgas. Y al final subieron y estimularon sus pezones de hombre, pequeños y también tan duros. Pero el luego de un momento interrumpió la felación porque sabía que de continuar, terminaría así.

Ella se puso en pié, expectante. Sin ninguna iniciativa. Cediéndola. Así se dejó guiar a su silla, y sentarse como se lo indicaba, con la silla del revés. Una silla del estilo de oficina, con el asiento y el respaldo acolchados, forrados con tela oscura y un tanto áspera, sin reposa brazos, giratoria y con ruedas en la base.

Así desnuda, apoyó sus manos sobre el respaldo, una pierna junto al asiento y la otra pasándola por encima, montándose sobre el asiento. El, detrás de ella, se arrodilló quedando junto al escritorio. Ella lo miró desde arriba, por encima de su hombro, con sus manos aun sobre el respaldo, la espalda un poco arqueada, las piernas abiertas. Su postura, separaba sus nalgas, dejando ver su ano rosado, y sus labios hinchados y húmedos.

-¿Te gusta el paisaje? -le preguntó mirando hacia adelante para abrir mas sus nalgas profundizando su postura.

-Me encanta el paisaje -respondió, y a continuación miro el vaso de agua sobre el escritorio.

-¡Ay! -exclamó sorprendida, el se había puesto en pie detrás de ella luego de haber tomado el cubito de hielo dejando caer una solitaria gota helada entre sus sensuales omóplatos marcados por la posición de su espalda sobre la silla.

-Huy... -dijo mientras dejaba caer otra gota.

-Ay... sí.

La gota bajo por la curva de su espalda. Helada. Llegó a la cintura bajando la velocidad, hasta detenerse en la cintura, encayando en uno de los hoyuelos perfectos que tenia sobre sus nalgas, donde la esperaba la anterior.

-Más... -pidió ella.

Otra gota inició su recorrido, arrastrada por la gravedad, siguiendo el tobogán que formaban los músculos que recorrían su espalda. Pero esta gota, escapó al embalse de los hoyuelos, y huyó ocultándose entre sus nalgas... acariciando en su huida su ano rosado, y los labios inflamados que sintieron su paso, deteniéndose y quedando suspendida de la punta de su clítoris, vibrando nerviosa.

-Ay... -le gustó.

Más gotas siguieron a la ultima, burlando los hoyuelos, acariciando su ano y sus labios, congregándose en la punta de su clítoris, hasta que caían por su propio peso.

Hasta que el solitario hielo desapareció entre sus dedos, dejándolos helados y mojados. Acercó su rostro al de ella, que lo giró para encontrarse, y volvieron a besarse acarciándose las lenguas... y volvió a respirar los jadeos de ella, cuando esa mano de dedos heladas se posó por detrás sobre los labios en llamas. La mano helada cubrió su sexo, como ocultándolo a la vista de otros. Y ahí posada, aplicó masajes quietos, ondulantes, variando la presión que aplicaba a lo largo de aquellos labios tan calientes.

Volvió a arrodillarse detrás de ella, y acercó su boca a su valle entre las nalgas, recorriendo el camino de las gotas, con su lengua. Encontrando los mismos obstáculos. El primero, su ano rosado. Lo lamió, lentamente. Mientra ella en respuesta volvía a arquear la espalda para exponer más su valle, apretando el respaldo acolchado y jadeando allá arriba mirando al suelo con los ojos cerrados. Y mirando el techo cuando la punta endurecida de su lengua punteó la entrada de su culo.

El segundo obstáculo lo esperaba ansioso. Latía. Ardía.

Su lengua se detuvo en la comisura de aquellos labios transversales. Acarició su unión. Descendió recorriéndolos. Separando sus pliegues húmedos. Topando con el clítoris, empujándolo.

-Ahhh... sí.

Su lengua volvió sobre sus pasos, encontrando la entrada a su interior. La penetró.

-AHHH!

Su boca besó aquellos labios transversales como antes había besado los otros. Literalmente comiéndole el sexo. Y ella movía su cadera, frotando sus labios contra los de él. Sintiendo aquella lengua inquieta dentro suyo. Sintiendo como bajaba un caudal de excitación liquida y como él lo bebía.

Las manos de él aferraron esas nalgas, y las abrieron, tensando la piel del valle. Abriendo sus entradas. Profundizando la penetración. Ella empujó contra su boca y movió su cadera. Una de sus manos abandonó el respaldo acolchado y lo tomó por la nuca clavándoselo contra su entrepierna, moviéndose, jadeando, gritando cuando la invadió su orgasmo, tan profundo, tan intenso.

-Ay... ay... sí. Mmm... ahora tu.

El se incorporó aun con el sabor del orgasmo en la boca, subiendo por su espalda, hasta tener la boca junto a su oído.

-Te la voy a meter por el culo -susurró.

Ella giró su rostro y lo miró con ojos y boca muy abiertos. Pero no se movió. En cambio se aferro mejor al respaldo, volvió a la posición que abría su valle, y ahí estaba su ano rosado.

-Sé amable... -dijo apoyando su mejilla sobre el respaldo y mirándolo desde allí.

Encima de ella, el tomó tu gruesa erección y la guió penetrándola de una vez, por completo.

-¡Ah! -exclamó una vez más sorprendida, ahora al sentir cómo ese pene grueso y duro entraba en ella habiéndole separado los labios, habiendo acariciado su clítoris en su impetuoso avance.

Con su pene bien adentro de su sexo, quedo quieto, haciéndoselo latir dentro, muy dentro.

-Eso no es mi culito... -susurró sin mirarlo, entregándose a esa penetración distinta a la esperada.

-Lo sé. Quiero lubricarme bien antes.

-Ahhh... lubrícate todo lo que quieras.

Así lo hizo. Se lubricó, todo lo que quiso. Mucho. Sintiendo como su grosor estiraba esa cavidad un tanto estrecha. Y como, si la penetraba bien, la punta de su pene hacia tope en su interior. Esto la ponía muy caliente... mucho, tanto que le dio su segundo orgasmo, mas suave, mas prolongado... mas suspirado.

Así, retiro su pene de su interior húmedo, comprobando que había cubierto de su delicioso y cristalino lubricante. Y lo llevó a apoyarse contra su ano... empujando, viendo como cedía a su empuje, dispuesto, relajado, dejándose penetrar.

Mientras ella lo miraba con la boca muy abierta por encima del hombro, desde abajo, él seguía enviando su erección dentro de su culo, despacio, con cuidado, pero decidido a llegar hasta el final.

Y lo consiguió. Sus testículos quedaron apresados entre ellos. Y allí comenzó a moverse en recorridos cortos, no hacía falta mas, la estrechez y aspereza que sentía y lo estimulaba era más que suficiente.

Se acercó a ese oído

-Estoy por terminar... -susurró.

-Yo quiero.

Cumpliendo su deseo, la rodeó con un brazo, le aplicó masajes alrededor de su extenuado pero erecto clítoris. Mientras acrecentaba la intensidad de su penetración.

-¡Ay!... ¡ay!... ¡ah!... ¡ay!... -mezclaban sus gemidos y jadeos.

No estuvo claro quien empujó a quien al abismo del orgasmo desde el acantilado de la estimulación profunda... pero quien haya sido, fue arrastrado en la caída.

Ella gritando sin contenerse... el jadeando sobre ella, empujando bien adentro su penetración y eyaculando en su interior. Lo hizo en seis intensos bombeos densos y cálidos.

Cansados, se relajaron un momento... mientras ahora sí la erección cedía.

Mientras se incorporaban, y se vestían no hablaron. Solo sonreían cuando sus miradas se cruzaban buscando sus ropas.

Desalineados pasaron a recoger sus materiales, alcanzándoselas el uno al otro cuando una pertenencia equivocada era tomada por error, por las prisas.

Ella finalizó antes, se acercó a él torpemente y le dio un beso rápido en la mejilla.

-Has aprobado -dijo, aunque el examen no se había revisado en realidad.

Y mientras se abotonaba el vaquero la vio salir del aula a paso presuroso y mirando a ambos lados del pasillo, desapareciendo, siendo esta la ultima vez que la vio.


Tres meses después.

Tras unas relajantes vacaciones de verano, estaba en la universidad nuevamente. Se apuntaba al segundo curso de la carrera. Delante de él, en la ventanilla, un gordo de gafas consultaba la pantalla de un ordenador.

-Zamora... Zamora... ah! Zamora.

-Eso -dijo él-, Zamora -mientras preparaba los formularios que había rellenado y tu tarjeta universitaria.

-Zamora... no te puedes apuntar. No tienes aprobado el examen final del curso. No has pasado por revisión con el docente? Y no te has presentado a los exámenes recuperatorios de verano!





viernes, 17 de junio de 2011

Bajo tus sábanas... Mariposas.



Prólogo, nuestros motivos comparables.

Llegados a este punto, es muy probable que hayas pasado mas de una vez por este sitio. Es muy probable que conozcas mis palabras.

Conoces mis palabras, y apostaría que buscas esas frases que en conjunto te cuentan una historia. Y encuentras en la historia sensaciones agradables.

Percibes sensaciones que te resultan agradables, pero solo por tu entrega. Tu permiso que me das para manipular tu imaginación.

Ese fértil terreno de tu imaginación, que se siembra con imágenes oscuras, sin forma, sin texturas. Instrucciones detalladas de como construirlas, y en el fondo de tus ojos por leerlas las construyes.

Construidas con tu aporte, les das la forma y la textura, el color y el calor. Y de tal forma las construyes que las experimentas en tu interior, como vívidas experiencias, que provocan en tu cuerpo dulces reacciones.

Esas reacciones mientras lees, las conoces. Sabes de lo que te hablo, ahora mismo las recuerdas, las primeras y las ultimas que te he provocado con palabras, instrucciones aplicadas, tu imaginación estimulada que te inunda y te conmueve y tu cuerpo experimenta.

Tu cuerpo que atesora sensaciones provocadas por palabras. Con tu imaginación como traductor que comunica el mensaje desde tu fértil campo de cultivo. Y es probable, tu lo sabes, que tu cuerpo tenga memoria y recuerde mas tarde lo sentido.

Mas tarde, ya en tu cama. Envuelta en silencio, oscuridad, intimidad y sabanas. La memoria que se activa, solicitando nuevamente a tu imaginación la información proporcionada. Tergiversando las imágenes. Ya no pertenecen a mi historia, son tuyas las imágenes y modificas a tu antojo.

Las modificas y embelleces, te haces protagonista o espectadora, invitas a conocidos o extraños y estableces tus reglas. Y en tu mundo intimo, eres la Diosa única, y manejas a sus habitantes como títeres de tus deseos.

El deseo te consume, te enardece, te incendia. Tus imágenes cobran vida, los títeres se rebelan. El control de esa escena te abandona, ya habiendo dejado de ser mía, ahora tampoco es tuya. Te ves inmersa en una realidad onírica.

Una realidad que existe solo bajo tus sabanas. De noche, desnuda, en silencio. Quizás sola, quizás acompañada, pero sola al fin. Nadie sabe entonces que bajo tus sabanas hay una ardiente realidad que te enciende y te transporta.

Te transportas y viajas y en ese viaje sin que lo sepas te acompaño. A tu lado, encendido. Tu imaginación alimentada por mis palabras, mi imaginación alimentada por si misma. Igualmente nos impulsa en paralelo, bajo las sabanas.

Y bajo las sabanas viajamos sin movernos, miramos sin ojos, besamos sin labios, acariciamos sin manos, y amamos sin amante. Una experiencia perfecta, idílica, ideal. Nos hacen lo que nos enloquece que nos hagan y nos permiten hacerles los que nos enloquece hacer.

Epílogo, nuestras imaginaciones contrapuestas.

En mi viaje te contemplo.

La luz tenue de tu habitación entra por una ventana casi cerrada, rayos de luna tiñen de azul oscuro lo que de otra forma sería negro.

En el silencio reinante de la noche profunda, no se escucha nada, salvo, si se presta atención a un suave roce de tu piel bajo tus sabanas.

Tu forma de mujer que se adivina en la cama, se muestra quieta aunque no duerme. Tus ojos cerrados no sueñan. Tu cabeza, abrazada por una mullida y suave almohada, parecería inmóvil para el observador incauto, pero se mueve, brevemente, sutilmente por espasmos. Tu boca entreabierta, exhala tu cálido y dulce aliento silenciado. Tu pelo revuelto, te cubre la frente y el costado derramándose en tu almohada. No veo mas, el resto lo ocultas bajo las sabanas.

En tu viaje te inspiro.

Eres protagonista de una escena, una cualquiera de las varias que pueblan mis relatos. La revives bajo tus parpados cerrados, intensa, vívida. En esa oscuridad hay luz, en esa soledad, compañía.

Eres presa del deseo, recorrida por una gota fría. Eres una inocente víctima de una vampiresa. Estás invitada en una fiesta sin tabúes. Te persiguen por las calles. Eres victimaria de tu primo. Ejecutas la venganza de una infidelidad. Eres violada por tus compañeros. Violas a tu empleado. Eres cruel y condicionas en tu entrega. O eres fantasía masturbatoria. Cualquier cosa puedes ser, a partir de mis relatos.


En nuestro viaje, coincidimos.

Sea lo que seas en tu imaginación en llamas, en la mía hay mariposas bajo tus sabanas.

Son tus manos mariposas que te recorren en silencio, brindándote un complemento sensorial a la escena que imaginas.

Te acarician con su punta la tersura de tu cuello. Recorren su contorno y estimulan tu deseo, recorren tus labios húmedos, besándote la lengua. Bajan por tu pecho oculto y los aferran, rozando tus pezones de incipiente erección. Los aprietan y retuercen con la soltura y la libertad de ser su dueña, conociéndoles los limites.

Se deslizan por tu piel, dejando bello erizado y temblores tras su paso. Alcanzan tus muslos tensos y los separan. Caen entre tus piernas abiertas y se encuentran en su unión. Tu entrepierna las recibe palpitando de antemano.

Tus dedos recorren tus labios engrosados durante el viaje de tus manos a su encuentro. Los abren como deshojando una flor, hasta exponer tu el clítoris incandescente. Tus manos expertas en ti misma te penetran, te acarician, te estimulan, te enloquecen.

En un torbellino de placer te revuelves sobre tu cama y las sabanas te desnudan, quedas boca abajo tus manos bajo tu cuerpo y hundidas entre tus piernas abiertas. Tu culo elevado baila al ritmo de tu cadera mientras te mueves sobre tus dedos.

Tu cara contra la almohada, apaga tus gemidos, mientras tus sabanas se deslizan hacia el suelo, y tras ella todo aquello que di a través de mis palabras. Te dejan en la cama, relajada, conciliando el sueño.

Saberlo cada vez que mis palabras te traigan mariposas bajo tus sabanas, me empuja a darte mas palabras...




martes, 21 de septiembre de 2010

Valentía

1.

-¿Cómo hago? -Preguntó preocupado, no tanto por el cómo hacerlo, sino por la reacción posterior al cómo haberlo hecho.

-Normal, cielo -Respondió Romina -. Es mi prima, ya la conoces, que se haya hecho las tetas, no hace que deje de ser ella.

-Sí, pero ¿se las miro? ¿se las ignoro? Es la novedad, y no me queda claro como hacer. Si se las miro, ¿me quedo callado? ¿digo algún cumplido? Si me quedo callado o se las ignoro, creerá que sus tetas nuevas no son lindas, o que no le quedan bien. Y si digo algún cumplido, pasaré por un desubicado, o me lo recriminarás luego.

-Tranquilo. Tu como prefieras. Pero claro, ella viene con tetas nuevas desde la última vez que la vimos y estará ilusionada.

-Vale, pero luego no me hagas una escena por como le he mirado las tetas a tu prima, ni por lo que pueda haberle dicho como un cumplido.

Ella rió.

2.

Calor. Tórrido día de verano. Una ventaja en días como aquel, que tuviese piscina. Y en ella estaban metidos cuando llegó la prima.

Romina salió al escuchar el telefonillo, se envolvió en la toalla y se calzó las chanclas saliendo al trote para no hacerla esperar mucho en la puerta bajo ese sol abrasador.

El salió de la piscina al ver llegar a las mujeres después de un rato, durante el cual Alejandra se había cambiado y puesto su bikini. Al parecer la operación de aumento de pechos, no le había dejado dinero suficiente como para comprarse un bikini nuevo, que estuviese a la altura del par de pechos que ahora debía contener, porque traía uno de los que tenía antes de operarse, uno que debía cubrir unos pechos casi lisos.

La vista era impactante. Los triángulos de tela amarilla no llegaban a cubrir toda la redondez de esos pechos de escándalo. Pechos que no encajaban del todo en la talla general de Alejandra, pero que no importaba en absoluto. Aun tenía dudas de cómo proceder ante ella y sus enormes tetas nuevas.

Alejandra se lo facilitó.

-Hola Primo -dijo alegremente- ¡mira lo que tengo! -exclamó a continuación agarrándose las tetas, arqueando la espalda y poniéndose en puntas de pié un momento.

Todos rieron.

3.

Tras la forma en la que Alejandra había roto el hielo de presentarlo a sus tetas, él creyó que luego sería todo mas fácil. Pero se equivocó. Sus ojos se iban a esas tetas. Estaban imantadas y su mirada era de metal. No podía evitarlo.

Le resultaba difícil. Estaban los tres en el agua fresca de la piscina, pero en la parte baja. Los pechos quedaban fuera del agua y tanto Romina como Alejandra, lo miraban alternativamente mientras conversaban de como había sido la operación, el pos operatorio y la vida con tetas.

Aun así en cuanto ellas se miraban entre sí, sus ojos volaban a posarse en los pechos de Alejandra. Y volaban hacia sus ojos, o los de Romina, si era ella la que lo miraba a él.

De pronto, una llamada al móvil de Romina, quien se acercó al borde de la piscina y atendió. Mientras continuaba hablando salió de la piscina y comenzó a secarse, con el móvil entre su hombro y su oreja. Tras finalizar la conversación anunció:

-Debo acercarme a la inmobiliaria, ya que necesitan unas llaves para mostrar un piso de los míos. Voy a tardar un rato, porque ya que estoy, lo voy a mostrar yo, así no comparto las comisiones si se vende.

Alejandra se ofreció a acompañarla.

-No Ale, yo vuelvo en nada. Y ya te he dicho que no quiero compartir la comisión.

-Ah, si no me toca comisión me quedo en el agua mas fresca -dijo entre risas.

-Me voy corriendo que están los clientes en el local, ya vuelvo -y se dirigió presurosa a la casa mientras se iba quitando la bikini dejando ver sus pechos normales, de piel blanca en contraste de la piel morena por el sol, y unos pezones grandes y rosados.

Una vez que se había ido, Alejandra y el se miraron, y él tuvo que esforzarse por no mirarle las tetas. En lugar de mirárselas, sacó conversación trivial.

-Bueno... ¿y los tíos? ¿Que tal han respondido al cambio?

-Los que no me conocen de antes, entusiasmados por las dimensiones. Los que me conocían de antes, y son gays, como Romina, curiosos de los detalles y con ganas de verlas para apreciar como han quedado. Los que me conocen de antes y no son gays, como tú, un tanto incómodos.

-¿Incómodo? ¿yo?... ¿Tanto se nota? -dijo claudicando en su postura ficticia.

-Un poco. Pero es normal. Eres el marido de mi prima, y que de pronto se hable abiertamente de mis tetas puede ser un poco violento. Si me hubiera operado del apéndice podríamos hablarlo tranquilamente. Sin esta tensión.

-Sí, es verdad. Es una mezcla de curiosidad y de lo que es políticamente correcto. Por un lado me intriga y llaman mi atención y por el otro no es un tema del que pueda debatir contigo.

-He notado el primer lado. No dejas de mirarlas. Y me gusta. Lo que me he gastado en ellas y las molestias de la operación y la recuperación cobran sentido cuando un chico me mira las tetas.

-Bueno, conmigo ya debes haber recuperado el dinero... no puedo apartar la mirada de tus pechos. Lo siento.

-No pasa nada primo, hay confianza.

-Ya que lo dices... eso que haces cada cierto tiempo, eso de agarrártelas, levantarlas y apretarlas, ¿lo haces por algo en particular? ¿es un tipo de masaje que te han dicho que debes hacerte? ¿te resultan pesadas y así alivias un poco ese peso? ¿o simplemente lo haces porque puedes hacerlo?

-¿A qué te refieres? ¿a esto? -dijo mientras sus pequeñas manos intentaban sin éxito abarcar el volumen de esas tetas por debajo, las elevaban un poco, como sopesandolas y luego hundía un poco sus dedos dejando apreciar esa turgencia.

-Eso sí.

-Bueno, porque sienta bien.

-Ah ya. Yo tenía la impresión de que te resultan pesadas.

-Hombre, más que antes pesan.

-Y que eran un poco duras, como muy firmes. Quizá demasiado.

-Has visto como eres valiente y puedes debatir el tema, no es para menos, despues de todo eres un bombero -dijo sonriendo.

-¿Qué quieres decir?

-Que cómo ibas a tener miedo de hablar de mis tetas, si tienes el valor de meterte en edificios en llamas. Alguien valiente como tú, no puede temer a mis tetas.

-Bueno, la verdad que no soy valiente por meterme en un edificio en llamas. Tengo la formación, la experiencia, el equipamiento y el apoyo de mis compañeros tan capaces como yo. La verdad que no tengo temo a un edificio en llamas. Y la valentía no es hacer algo que al resto asusta. La valentía es hacer algo que asusta a uno mismo.

-¿Temes a mis tetas?

-Sí, un poco.

Ella se sumergió, y nadando lentamente bajo el agua, dejando burbujas de cristal tras de sí, se acercó a él.

Salió del agua, y al hacerlo, su cabello quedó peinado hacia atrás, dejando despejados su rostro y su frente. Unos ojos celestes y profundos lo miraban a medida que se elevaba desde el agua.

-No temas -le dijo.

-Nunca tuve tetas operadas.

-¿No? Déjame enseñarte.

El estaba inmóvil desde que comprendió lo que ocurría. No solia quedarse así falto de reacción ni en las situaciones más imprevistas de su trabajo, explosiones, quemados, accidentes de tráfico... pero ahora, estaba cagado de miedo.

Se mantenía con su espalda recta contra el lateral de la piscina. Sus brazos apoyados a los lados, sobre el borde, con las manos colgando. Para tener la mitad de su torso bajo el agua al ser la parte baja, tenia sus piernas estiradas hacia adelante y juntas.

Alejandra se aproximó y tomó una de sus grandes manos inmóviles, y sin que esta opusiera resistencia la guió hasta su enorme pecho, posándola sobre este, que ahora si, era abarcado casi por completo por la mano que lo cubría.

La mano quedó tan inmóvil como antes.

-¿No quieres probarlo? -preguntó Alejandra.

-Quiero... pero no me atrevo.

-Vamos, atrévete.

Mirando su mano sobre ese pecho enorme, pareció concentrarse, como si estuviese esforzándose en enviar una orden a esa mano, para que se moviese. Demoró un momento en conseguirlo.

-¿Lo ves primo? No pasa nada. Hay confianza -dijo mientras tomaba la otra mano, guiándola como había hecho antes, a su pecho libre.

El pareció dejar la primer mano en piloto automático, y concentrarse en la otra, intentando nuevamente ponerla en marcha.

Alejandra apoyó sus manos esos fuertes y formados hombros. Y mirándolo desde arriba se dejó tocar.

-¿Cómo las sientes primo? ¿Muy duras? ¿Muy pesadas?

-Pesadas -dijo casi ausente -. Agradablemente pesadas.

Ella sonrió a la vez que miró al cielo concentrándose en la sensación provocada por esas potentes manos que la acariciaban tan suavemente.

-¿Y duras? ¿Parecen de plástico?

-No, para nada. Están firmes, turgentes. La piel que deja ver tu bikini no parece tan tensa. Imaginé que estaría a reventar de tensa la piel.

-No, se ha estirado, está firme, pero no tensa.

-¿Toda?

-Sí, toda. Mira -y dicho esto llevo una de sus pequeñas manos y con maestría movió la tela de la bikini revelando su pecho izquierdo por completo.

Ahí estaba lo que temía, un delicioso pecho, redondo, turgente, pesado, firme y coronándolo, un pequeño y rosado pezón, sorprendentemente erecto.

-Prima, que duro lo tienes.

-Yo sí... ¿y tu? ¿la tienes dura? -dijo.

Alejandra apoyó sus manos de nuevo en esos anchos hombros, ayudándose con el equilibrio y pasó una pierna por encima de las de él. Bajó su cuerpo y quedó sentada sobre su pelvis. Montada sobre su pelvis.

-¿Estas duro, primo? -preguntó otra vez.

Y comenzó despacio a mover su cadera, recorriendo su montura en busca de señales de su dureza bajo el bañador. No tardó mucho en dar con un gran abultamiento ahí.

-Ay primo, estas duro.

Y mientras él parecía sostenerle las tetas, no hacía mucho mas, ella, sosteniéndose en sus hombros tensos, se movía encima de su erección, separados por sus bañadores. Lo recorría desde la cabeza hasta los huevos y volvía a subir. La fricción de las telas dificultaba sus movimientos.

Y le molestaba que él no la avanzara.

-Venga joder, ¡sé un hombre! -le dijo mostrando su frustración.

Era un hombre, de esto no tenía dudas. Que Alejandra le exigiese que lo fuera, no lo hacía dudar al respecto. En cambio, sí dudaba de su valor. Tirarse de cabeza dentro de una habitación en llamas no le daba miedo, por lo que hacerlo no era señal de valor.

Eso no contaba. Contaban esas tetas.

No avanzar, haberse quedado inmóvil, no hacer nada, contaba. Y contaba el porqué de no hacer nada. Y no era porque no quisiera hacerlo por estar comprometido con Romina y ser fiel a ese compromiso. Queria tener esas tetas desde que las había visto. Quería tener a Alejandra desde que la había visto. Aun siendo como había sido, plana, sin tetas.

El la quería tener en su cama.

Imaginaba situaciones como esa, cuando se había quedado un fin de semana en varias oportunidades. Se imaginaba que se dirigía por la noche sin despertar a Romina a la habitación de Alejandra, a veces sorprendiéndola mientras se masturbaba en silencio acercándose a su cama sin permiso y sin objeciones, otras encontrándola dormida y procediendo a comerle el coño despertándola con un orgasmo. Imaginaba estar en la cama con su mujer haciendo el amor intensamente, y descubrir ambos a Alejandra desnuda observándolos desde la puerta. Y que era Romina la que la invitaba a pasar y a tener un trió durante toda la noche.

Resultaba que en todas esas ensoñaciones, Alejandra desnuda, tenia apenas dos mesetas con pezones. Esas tetas no habían sido necesarias para lograr tener un orgasmo masturbándose con ella en mente. Ni para correrse dentro de Romina, imaginando que lo hacia en Alejandra.

Era un cobarde.

Quería tenerla, pero no se atrevía.

-Está bien, como quieras -dijo ella, sin muestras de enfado.

Se dirigió a la escalera y salió del agua. Se quitó el bikini y la tanga, desnudándose entera. Así desnuda se acercó a una de las tumbonas, y se montó sobre esta, como había estado montada sobre él.

Sentada con las piernas abiertas, dándole la espalda, se inclinó hacia adelante apoyando sus codos sobre la tela elástica. Su espalda arqueada, su culo en pompa, sus nalgas separadas por la posición de sus piernas, dejaban a la vista su pequeño ano rosado, y sus labios tremendamente hinchados.

Sin decir nada, dejó caer su cabeza y lo miró de costado sonriendo. Desde la piscina, donde aún estaba, la veía un tanto de lado, apreciando todo aquello, y ademas como su enorme teta derecha se apoyaba sobre la tela de la tumbona y se aplanaba, como derramándose por sus lados.

-Primo... ¿en serio? -dijo curiosa.

Bajo el agua su erección no había hecho mas que aumentar. Palpitaba desbocada bajo la tela del bañador. Escuchaba sus latidos en los oídos y la respiración agitada.

Salió del agua de un brinco apoyado sobre el borde, y se irguió rápido, haciendo que el agua que arrastró en su salida, lo recorriese de la cabeza a los pies, arrojando reflejos de la luz del sol, mientras recorrían las curvas de esos músculos torneados.

-Mi valiente... -dijo ella mirando hacia adelante, y acomodando su posición para recibirlo.

El se acercó ya desnudo, ella lo espió para apreciar ese cuerpo que alguna vez había sido objeto de sus orgasmos en soledad. El se dejó mirar.

Aferró esas nalgas suaves, y las separó aun más. La piel alrededor de ese ano rosado y pequeño se tensó. Pero el año se mantuvo sellado. Bajo su boca y lo comió. Su lengua frenética lo estimuló mientras Alejandra estaba tan excitada que temía sufrir un orgasmo con el primer roce que sintiera en su clítoris.

-Ay primo...

Endureció su lengua y comenzó a penetrarle el ano despacio pero sin parecer aceptar una negativa. Alejandra jadeó profundamente al sentirse penetrada por su lengua. Y se vio envuelta en la misma sensación de embriaguez. Esa que a él lo había empujado a salir de la piscina.

Alejandra sintió esa lengua salir y lamerla hacia abajo.

-¡No! No primo, no me lo comas, me harás correr enseguida. Fóllame.

El obedeció. Se puso a horcajadas de la tumbona, con una pierna a cada lado. Las flexionó haciendo descender su cuerpo sobre ese coño enrojecido, abierto, empapado, que latía, y que Alejandra movía exquisitamente controlando esos músculos vaginales.

-Ah... primo... ¿qué tienes ahí? Oh... ¡Que gorda la tienes! Dios... Qué grande...

Habiéndola penetrado, se inclinó hacia adelante sosteniéndose sobre los reposa brazos de la tumbona, quedando sobre ella. Comenzó entonces a mover su cadera rítmicamente, con habilidad, haciéndola sentir el recorrido de su verga de dentro a afuera y nuevamente a dentro. Alejandra era estrecha y eso la hacia sentirlo todavía mas.

-Ay primo me encanta. Me gusta.

-A mi también. Tu coñito estrecho. Me gusta estirarlo, sentir como me aprieta la verga. Tan caliente, tan mojado.

-Sí... soy estrecha primo... ah... y tu tan grueso.

Bajó sus manos, dejando el apoyo de los reposa brazos, apoyando sus codos junto a los de ella, quedando montado literalmente. Ella giró su cabeza a un lado y hacia arriba con los ojos cerrados y la boca abierta.

-Ah... así primo... dámela así... móntame como a una yegua...

-Sí...te monto... ah... ah... te monto...

Ella le lamía la cara, la boca, el cuello desde abajo.

Sus manos se introdujeron bajo su delgado cuerpo, ella elevó la espalda permitiéndole agarrar sus hermosas tetas.

Eso la terminó de excitar.

-AH... SÍ... SÍ... AGÁRRAME LAS TETAS... AH AH AH SÍ!

Se movía debajo de él, enloquecida, su cintura de goma hacía que su culo danzara en todas direcciones, pasando ella a follarle la verga a él dentro de su coño estrecho que bailaba alrededor de ese enorme cilindro que la penetraba.

-Ay prima así... me estás follando desde abajo...

Ella pasó de un movimiento caótico, a un único movimiento de cintura, arriba y abajo que hacía que su coño se retirase y volviese al lugar de antes, cosa que intensifico la sensación de ambos.

-SÍ PRIMO SÍ AH AH TE FOLLO ESA POLLA GRUESA AH ME GUSTA AH PRIMO TOMA TOMA AH AH AH AH AAAAH AAH...

El se derramó dentro de ella acompañando esos gemidos con un bombeo cálido y denso que la inundaba.

Mientras Alejandra arrugaba la tela que forraba la tumbona entre sus dedos, que la aferraban y parecía que no la volverían a soltar, por lo largo que fue su orgasmo.

El sintió a lo largo de toda su verga hinchada, los movimientos de esos músculos vaginales entrenados que Alejandra controlaba con maestría.

Cuando quiso salir de ella, Alejandra le pidió que se la deje morir adentro. Por lo que él se relajo mientras Alejandra continuaba con su demostración de control muscular alrededor de toda su verga.

-Así no se me va a morir nunca...

Alejandra lo miró desde abajo, por encima del hombro sonriendo inocentemente, con parte del pelo sobre sus ojos, mientras arqueaba la espalda, proyectaba así su coño contra él, aumentando la penetración a la vez que movía sus músculos y lo estimulaba.

Pero al final, luego de ese intenso orgasmo, claro que se le quedó dormida, relajada.

Saliendo de ella, mientras ella se giraba quedando de frente a él, le dijo:

-No me las ha chupado. Me hacia ilusión que me las chupases.

-Tienes razón... esas tetas fueron las que nos trajeron a esta tumbona, pero luego pasaron a un segundo plano... Te las puedo comer ahora, pero no tenemos tiempo de otro polvo, Romina puede volver el cualquier momento -dijo mientras se ponía su bañador y le alcanzaba bikini y braga a Alejandra.

-No te preocupes, yo también me he olvidado un poco de mis tetas. Tío, menudo pollón calzas. Si siempre follas así, mi prima tiene suerte la cabrona. Me parece que se lo voy a contar y así te tendré solo para mí.

De la mano de esta simple broma, sintió un escalofrío que recorrió su espalda. Volvieron los temores que lo habían mantenido inmóvil, y supo que haberse follado a Alejandra no fue para nada valentía.

Estaba acojonado, después de todo, las mujeres son mas imprevisibles que el fuego de un incendio.

miércoles, 25 de agosto de 2010

El juego del Escondite

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jueves, 19 de agosto de 2010

Aquella noche de corrupción II

El turno de noche estaba siendo tranquilo. Los pacientes en la planta descansaban, los monitores reflejaban normalidad y el silencio la rodeaba.

Se estaba acostumbrando. Al principio odió trabajar en la guardia nocturna. Sola la mayor parte del tiempo, luego aburrida, pero antes, a veces, asustada. El hospital era enorme, largos pasillos, infinidad de puertas, ahorro energético y poca iluminación.

Se estaba acostumbrando. Realizaba la rutina y luego quedaba a la espera de algún imprevisto. Pero en su experiencia, la muerte por la noche se llevaba a pocos y se los llevaba en calma.

Su soledad era interrumpida únicamente por el médico que estuviera también de guardia, que pasaba en sus 3 rondas y luego ya descansaba esperando a que se lo necesitase. Esta noche compartía esa guardia con el Dr. Torres, quien no era especialmente una buena compañía. Dejaba claro la diferencia entre sus posiciones. No había acercamientos, ni calidez, simplemente el trato necesario requerido entre ambos para hacer el trabajo. Otros médicos eran mas llanos, mas cercanos. Eran personas antes que puestos de trabajo.

Así como siempre, el Dr. Torres se acercaba con paso decidido por el silencioso, vacío y oscuro pasillo, leyendo los informes de los pacientes. Ella desde su mesa veía los 4 pasillos en cruz que confluían en ese ambiente central donde se sentaba.

-Buenas noches, Dr. saludó.

-Buenas noches. -respondió apoyando el codo en el elevado mostrador sin quitar la vista de los informes- ¿Qué tal va la guardia?

-Bien, sin contratiempos. Ya se han realizado todas las rutinas. El paciente de la 408 solicitó algo para poder dormir...

-Sí lo veo en el informe -interrumpió-, lo demás normal.

-Así es.

-Bien, estaré en la sala de descanso, por si me necesita.

Notó como el Dr. Torres había dejado de mirar sus papeles por un breve momento y desde su posición de pié frente a ella, le miró el gran escote que esta noche llevaba. Luego volvió a los papeles. Esto no vino más que a confirmar una vez más que sus nuevos hábitos estaban dando resultados. Había perdido peso, cambiado su estilo de vestir, su peinado. Se estaba cuidando, y se notaba.

Ella iba a responder que gracias, cuando al móvil del Dr. Torres se lo sintió vibrar en su bolsillo. Lo tomo se alejo del mostrador, respondiendo en apagados susurros. Y así se alejó de nuevo por el pasillo. Sin dar las buenas noches, sin despedirse.

Se quedó recordando la mirada del Dr. Torres, directamente clavada en su escote. Se lo imagino en la sala de descanso, solo como ella, recordando esos pechos suaves que no había notado antes que esta enfermera tenía. Lo imaginó recostado en penumbras en el gran sofá, sin zapatos, ni bata. Con un brazo cruzado sobre sus ojos, con la manga de su costosa camisa recogida, el nudo de la corbata flojo, el primer botón del cuello suelto, y su otra mano sobre su plano vientre trabajado. Bajo su brazo, sus ojos cerrados veían esos pechos enormes. Y la imaginación trabajaba abriendo la bata de esa enfermera. Unas veces despacio, dejándola morderse los labios mientras exponía esos pechos a la desnudez, otras de un brutal tirón haciendo volar los botones por todo el ambiente. Y mientras le desnudaba los pechos en diferentes versiones, su fino pantalón se abultaba en la entrepierna...

...Imaginaba ella.

La mano sobre el vientre bajaba despacio hasta ese abultamiento, para examinarlo como buen médico. Lo palpaba, lo presionaba, diagnosticaba su erección. La mano entonces se metió bajo su ropa a la guarida de ese visitante inesperado, conjurado por unos pechos nunca antes tenidos en cuenta, hasta esa noche. Sintió una dureza incontestable, palpitante. Aplicó suaves masajes terapéuticos a la inflamación, lo que solo la empeoró.

Sus ojos aun cerrados en las penumbras, quedaron descubiertos cuando ambas manos se pusieron a desabotonar el pantalón, soltar el cinturón y bajarlo junto con su bóxer de tela, dejando al descubierto una enorme y limpia erección adherida a un par inflados y redondeados
testículos lampiños.

Una mano masajeaba esos testículos mientras la otra masturbaba su erección. Y el Dr. Torres movía su cadera lentamente acompañando imágenes lascivas de la enfermera dulcemente entregada al placer interprofesional.

En su mente el Dr. Torres se derramaba en ella, y en la sala de descanso lo hacía sobre él...

...Imaginaba ella.

Pero eran todas fantasías inesperadas producidas por un evento fortuito. Por una mirada depositada en el lugar preciso y a la vez descubierta con las manos en la masa.

Sintiéndose un poco excitada, pensó que lo mejor sería volver a trabajar. Y fue entonces que notó que el Dr. Torres había olvidado firmar el informe de su paso por la planta. Le hubiera divertido pensar que su inusual descuido se debía al espectáculo de sus pechos enormes compartidos por su generoso escote, pero sin duda se debía al llamado telefónico que había recibido.

Luego de considerarlo, decidió que lo mejor sería ir a buscarlo ahora, ya que luego estaría dormido, y si esperaba más quizá no pudiese encontrarlo antes de que se retirase. Tomó el buscapersonas al que los monitores avisaban sobre emergencias, el informe y se dirigió a la sala de descanso.

Al llegar golpeó despacio, como para advertir de su presencia, para despertarlo si estaba ya descansando, o por si su imaginación no había estado tan equivocada y lo sorprendía en pleno acto masturbatorio.

Pero no estaba allí. Se molestó, ya que allí debería estar por si ella lo necesitase en planta. No tenía al Dr. Torres por irresponsable. Aunque había rumores de un médico que se había vuelto adicto y estaba robando medicamentos, no se sabía quién era el médico y nadie sospechaba del Dr. Torres.

Pero ¿y si se tratase del Dr.? Mal visto, su comportamiento encajaría. No la miró a los ojos porque estaría colocado, con su mente nublada por las drogas olvidó firmar el informe, el llamado a estas horas no sería nada bueno, quizá un camello. Y la mirada a sus tetas, debida a la pérdida de inhibiciones.

Sin darse mucho crédito como detective, siguió buscándolo para que le firme el maldito informe.

Recorrió salas, pasillos, consultas, depósitos, y cuando estaba por salir de su veloz paso por la morgue, escucho voces, muy apagadas para ser de personal de la morgue, que suelen hablar sin preocuparse por molestar a nadie.

Se acercó despacio para ver al Dr. Torres y a otro enfermero, en el momento en el que el Dr. guardaba un frasco pequeño en su bolsillo y se aplicaba una inyección entre los dedos de sus pies descalzos. El boli resbaló de su mano y cayó sin hacer demasiado ruido, pero que en el silencio de la madrugada en la morgue fue como un cañonazo.

Ambos hombres miraron hacia la fuente del ruido y la vieron asomada por la puerta vaivén de doble hoja. Ella estaba estática a causa de lo que vio, dando la oportunidad al enfermero a levantarse rápidamente y meterla hacia adentro.

El enfermero la sacudió del brazo por el que la aferraba a la vez que le preguntaba que mierda hacía allí espiándolos. Ella asustada no decía palabra. Se dejaba sacudir. Sus ojos estaban muy abiertos y su boca cerrada.

Las sacudidas causaron que el botón que sostenía el escote de esos enormes pechos se soltase. Dejó ver el encaje blanco del sostén. Y más piel de esos pechos, a los que los ojos desencajados del enfermero se clavaron.

Ella los miró uno en uno y los vio ya bajo los efectos de las drogas. El enfermero la arrimó a una camilla vacía, que topó contra sus nalgas, y la hizo reclinarse hacia atrás mientras el empuje siguió un poco mas debido a la inercia de las drogas.

El Dr. pareció reaccionar al notar en ella un atisbo de morbo en su mirada, muy muy debajo del miedo que era evidente... y separó al enfermero de ella, que accedió a soltarla y alejarse unos pasos aunque un poco molesto.

-Ana... ¿qué hace aquí? -preguntó drogado pero aun así correcto.

-Lo estaba buscando para que me firmase el informe, no lo hizo.

El Dr. tomó la cartilla de las manos de la enfermera y la llevo a la camilla. Y por un momento parecía que fuese a firmar el informe. Pero dejó olvidada la cartilla y se le acercó de forma intempestiva recorriendo decidido esa corta distancia, mientras proyectaba una mano que se introdujo entre su piel y su sostén y comenzó a manosearle el pecho izquierdo.

Sorprendida no reaccionó, mientras la fuerza con la que el Dr. la manoseaba la movía hacia adelante y atrás.

-No Dr. -llegó a decir.

Pero esa mano había dado con su pezón y se centraba en estimularlo brutalmente. El enfermero testigo de la licencia que se tomaba el Dr. con la enfermera, tomo parte y se arrodilló frente a ella, tomando su bata desde abajo y tirando para abrírsela hacia arriba.

Ahí tenía botones volando por todo el ambiente.

Le destrozó su fina braga y rodeando sus piernas por las rodillas se las abrió de un tiron, que casi la hace caer por lo que apoyo sus manos en la camilla. Un segundo después tenía la cara del enfermero entre sus piernas, y a lengua dentro.

No podía creer lo que le estaba pasando, el Dr. no era tan suave como había imaginado que él imaginaba ser con ella. Era un drogadicto, que las robaba y consumía en el hospital. Y que ahora le arrancaba la ropa que le quedaba.

La lengua del enfermero la penetraba incesante, sentía la saliva en su entrada y como reciclada con sus propios jugos el enfermero luego bebía.

El Dr. le comía el cuello mientras sus manos daban cuenta de sus enormes pechos, de enormes pezones, y de la erección que tenían y no podía evitar que se produjera. Sentía miedo, la estaban violando dos compañeros de trabajo bajo los efectos de las drogas... y sentía morbo, latente, pero ahí estaba... era el que hacía que sus pezones se endurezcan.

De pronto ella y el Dr. se sorprendieron cuando el enfermero cansado ya de penetrarla con su lengua, se incorporó y la hizo girar, dejándola de cara a la camilla, para luego empujarla por la espalda inclinándola sobre la superficie acolchada. La fuerza de la manipulación le hizo vibrar las tetas y las nalgas.

El Dr. dio la vuelta y se detuvo frente a ella. El cinturón que imaginó que el Dr. aflojaba quedó frente a su cara. Vio como al final sí lo aflojaba, bajándose los pantalones revelando una semiereccion que acomodo en la boca sensual que ofrecía cada vez menos resistencia a esas dos voluntades drogadas.

Comió Dr. por delante y comió enfermero por detrás.

Se sentía sucia, puta, baja, y eso alimentaba el morbo que la drogaba. No necesitaba química externa, embotellada en pequeños frascos, toda la química que necesitaba para drogarse, la tenia dentro desde siempre, solo necesitaba que la inyectasen. Y la estaban inyectando.

Aferrándose con sus frágiles manos al borde de la camilla, era aferrada por la cintura por el enfermero que la penetraba despiadado y por la nuca por el Dr. que le daba su grueso miembro por la boca.

Sintió como a esos hombres se les engrosaban los miembros dentro de ella aun más. Estaban por alcanzar el éxtasis en su interior. Los escuchaba acercarse en sus jadeos animales, perdida toda urbanidad, todo civismo, habían vuelto a las cavernas.

Ella sin poder creerlo los iba a acompañar. Sus músculos empezaron a convulsionarse, sus ojos se cerraron muy fuerte, sus dedos se hundieron en la camilla acolchada, su postura cambio, elevando su cadera y arqueando su espalda para recibir al enfermero aun mas profundo, para sentirlo derramarse mas adentro, su lengua enloqueció alrededor del Dr. y así tuvo su orgasmo empujando a esos dos hombres a tenerlo con ella. Recibiéndolos a la vez.

Un momento después salían de ella despreocupados, sin preguntar como estaba ni si le había gustado. Aunque era evidente que sí, si no lo preguntaron no fue por esto, si no porque realmente no les interesaba.

A una puta no se le pregunta si le gustó.

Porque eso era lo que siempre había sido. Muy adentro, y muy adentro tuvieron que derramarse en ella para sacar esa puta a la luz. El Dr. y el enfermero eran unos drogadictos, sí.

Pero aquella noche cada uno tuvo su causa por la cual se corrompió.

viernes, 13 de agosto de 2010

Tu Precio - Sensuales Eufemismos


Siempre algo nuevo, siempre desafíos diferentes que hacen aún más interesante alcanzar ese premio que ya es mío por derecho, pero que voluntariamente cedo para intentar recuperar, una y otra vez.

Tu imaginación no tiene límites, mujer de amplios recursos, de vacíos tabúes. Soy una víctima gustosa de tu creativa tiranía. Nuestra relación jamás fue calma. Desde el principio dejaste tus condiciones claras, no hubo letra pequeña. Arriesgué y me entregué, y confirmé que quien no arriesga no gana.

Has puesto a prueba mi resistencia, mi tenacidad, mi voluntad de conquistar una y otra vez ese objeto que eres tú. Y el placer que generosa me proporcionas cuando lo consigo, entregándome tu cuerpo a mis mas oscuros deseos.

Tienes siempre un precio y siempre estoy dispuesto a pagarlo.

Aquella noche en la que me hiciste salir vestido de mujer y pasearnos por el centro de la ciudad y al volver en la cama tu tuviste actitud de hombre.

Cuando usaste cera caliente sobre mi cuerpo sin que tuviese yo que emitir sonido mientras lo hacías y luego la quitaste toda, derritiendola con el calor que brotaba de entre tus piernas.

La vez que para tenerte una semana sin desafíos tuve que hacerte el amor 15 veces la misma noche y luego no tuvimos energías ni para tomar una ducha.

Cuando me obligaste a mirar como le hacías el amor a aquella hermosa joven del exclusivo servicio de acompañantes, sin tener una erección para poder participar y luego filmarnos mientras tuvimos aquel trío mezcla de kamasutra y clase de yoga.

Aquel trío con el hombre bisexual, por quien tuve que dejarme dar una felación mientras te penetraba, para luego terminar en vuestras bocas y que luego tuve que hacerte el amor tan duro, tan fuerte, dándote placer y dolor a la vez, para reafirmarme que seguía siendo tu macho.

Cuando tuve que retratar tu cuerpo desnudo y que el retrato fuera de tu agrado y luego pintamos nuestros cuerpos al óleo mientras uno tenía debajo al otro.

La noche en la que me hiciste tener cibersexo con una desconocida mientras nos observabas y luego le regalamos una sesión de sexo en vivo mientras ella se masturbaba y nos ordenaba qué hacernos hasta que no pudo evitar terminar gritando con sus manos reemplazándonos.

Todas estas experiencias merecen un espacio, pero esto que me has impuesto, lo necesita.

Relatarte lo que haré cuando consiga cumplir este mandato, mediante sensuales eufemismos. Y eso haré.

Porque esta nueva condena, dará paso a la libertad de mi lascivia, una vez cumplida. Seré el amo de quién poco antes fue mi jueza y carcelera. Dominaré tu voluntad con hilos de perversión. Serás mi marioneta bailando el ritmo que mis manos te impongan.

Recorreré la cascada de tu pelo, susurrando en mi camino sucios conjuros que te llegan y cautivan, provocando reacciones sísmicas en la geografía de tu cuerpo.

La luz de tus ojos se nublará en cuanto la embriaguez del placer que proporciono haga que me miren entreabiertos.

Tu voluntad, antes férrea, indeclinable para hacerme cumplir condena, ahora es masilla que moldeo a mi antojo.

Tu rostro mira el cielo de tu cuarto, como dedicando una plegaria que escucho y atiendo con mis labios recorriendo el pilar suave de tu cuello.

Nuestras bocas se encuentran y unen en una conversación muda de palabras, moviéndose en una mímica de tenues gemidos ahogados mientras nuestras lenguas se visitan e invitan a recorrer sus aposentos, pero torpemente, topándose una y otra vez consigo mismas.

Mis manos buscan regiones cercanas y estratégicas en esta batalla que libramos y que he ganado desde el principio. Encuentran firmeza de los montes en tu pecho. Coronados por rosados y duros altares de piedra a los que llevo la ofrenda de mis dientes. La tensión superficial provocada por las ofrendas arquean los muelles de tu espalda que proyecta implacables tus montes a mi boca.

El coro de ángeles que escapa de tu boca, dedica armoniosos gemidos celebrando mis ofrendas.

Continúo el recorrido rodeándote entera, guiado por una brújula lasciva que me indica el camino, pero no el mas corto ni el mas rápido. Me lleva despacio, por lugares que no están en linea recta con mi destino y me obligan a tomar desvíos y a volver sobre mis pasos.

La hondonada de tus nalgas esconden en sus profundidades la entrada a otro tipo de placer, más animal, más perverso, más visceral. Desciendo las laderas deslizándome en mi lengua, hasta el valle donde encuentro esa entrada, y la recorro áspera al principio, pero laxa y húmeda tras pocas vueltas. La dejo atrás sabiendo que hoy será donde culmine mi viaje, con promesas de atenciones y placeres.

Alcanzo la infinidad de tus piernas, esculpidas columnas de sensual belleza. Las acaricio como un admirador ensimismado ante la obra de arte de su artista fetiche. Rindiendo pleitesía a esos objetos de culto, que si no fuese una herejía, ya tendrían su propia religión pagana. Las beso considerándome indigno, postrándome ante ellas, rogando a ese dios pagano que obre el milagro de su apertura, de su separación. El milagro de dividir las aguas, de liberar ese caudal de deseo que se contiene dentro tuyo.

Y el milagro se produce, se abren, se separan. Me siento alcanzado por el poder que se escondía tras ellas. Ese calor sobrenatural que me abrasa despiadado. Y que tiene origen en ese deliciosos irresistible capullo arrugado. Lo despierto entre caricias delicadas , susurros cercanos y pequeños besos. No pasa mucho tiempo hasta que lo veo desplegar sus rosados y húmedos pétalos.

No pasa mucho tiempo hasta que envío mi lengua a tus profundidades.

Tu cuerpo cobra vida, como poseído por mi lengua, que te maneja desde tu interior. Eres esa marioneta controlada por hilos de perversión.

Como enamorada de estas palabras, le haces el amor a mis labios. Pero no te permito terminar porque decidido me retiro. Pero un momento, como el cambio de turnos de los obreros. Sale uno y entra otro. El amo.

Entra. Sin pre aviso, sin cuidado, como dueño por su casa. Clavo mi bandera, reclamo tu territorio para mi Corona. Lo reclamo muchas veces. Y muchas veces capitulas.

Conquistador.

Señor de tu cuerpo, recorro mis dominios, a lomos de mi purasangre. Te cabalgo salvaje. Te dejas cabalgar.

Y retorno vencedor al valle de tus nalgas a dejar en esa cueva enterrado mi tesoro. Cavo en ti, con mi taladro percutor, profundizando el hoyo donde depositarlo. Te percuto y percuto. Hasta que la percusión da paso a el espasmódico procedimiento de depositarte mi tesoro. Son siete las partes que lo componen. Siete animales bombeos de lava ardiente.

Más allá de las montañas, escuche el eco de tu orgasmo.

domingo, 3 de enero de 2010

La semental


La consulta del veterinario no era un lugar al que hubiese ido muchas veces, sus tierras las tenía dedicadas a la agricultura, no a la ganadería.

-Claro -dijo el viejo vestido con delantal de médico, mirándola tras sus gafas y tras los papeles que estudiaba hace un momento-, estos papeles certifican que es un animal de estirpe. Tiene abuelos y padres campeones. Puedes tenerlo para reproducción, ya tiene edad, vamos, que tiene la edad justa.

-¿Se pagan bien los servicios? Es que esta cosecha no ha ido del todo bien este año, poca lluvia.

-Si, se pagan muy bien, pero debes encontrar al que esté dispuesto a pagarlo. Si quieres puedo hacer unas llamadas, tengo colegas en la capital, ellos puede que conozcan a alguien, aquí en la región te adelanto que no encontrarás a nadie que necesite servicios de semejante calidad para sus yeguas.

-Sí, por favor, hazlo.

-Bien, haré copia de los papeles y hablaré con esos contactos. Ya hablaremos nosotros luego de mi comisión.

Vaya, pensó ella, después de todo no ha sido un buen año para nadie.

La región estaba mayormente poblada por granjas, más grandes o más chicas. La suya era de las que quedaban en medio. Heredada de su abuelo, la había recibido y empezado a trabajar junto a los empleados que había heredado con la granja. Estos habían temido que ella quisiera venderla, ya que no se imaginaban a una mujer de ciudad moviéndose a una granja. Ella tampoco, pero tras estar un tiempo allí, con la idea de organizar los papeles, se había enamorado de ese estilo de vida. Y los empleados habían respondido con lealtad, como lo habían hecho con su abuelo, pero además con agradecimiento por ver continuado su medio de vida.

El potrillo que por entonces era Hidalgo, nombrado así por una película de aquella época, no se imaginó que se convertiría en una posible salvación. Pero al parecer iba a ser así, y de casualidad, ya que esos papeles del caballo no los había visto en un principio, ya que no los había entendido. Luego ya mas inmersa en aquel mundo, se volvió a cruzar con ellos buscando papeles para el banco donde pediría su ampliación del crédito. Entonces sí comprendió, un poco más lo que vio, lo comprendió lo justo como para traerlo al veterinario para que los verifique.

No pasó mucho tiempo hasta que recibió una llamada del veterinario, que había dado con un interesado en un servicio para su yegua, un criador afamado de la capital. Al parecer vendía caballos al extranjero y estaba buscando siempre mejorar su estirpe. Las tarifas, condiciones y comisiones ya habían sido arregladas, y a ella le pareció bien, por ser el primero, y por no tener idea de ese mercado, lo importante era empezar. Una de las condiciones era que vendría alguien del criadero para conocer a Hidalgo.

Una semana después el representante del criadero estaba allí. Se presentó y desde el primer momento se mostró envuelto en un aire de superioridad, tanto de conocimientos como económica. Su ropa y su coche lo dejaban claro. Su aspecto físico sin embargo y sus modos lo volvían para ella una persona desagradable.

Cerró su visita con un apretón de manos, y una mueca que parecía una sonrisa, pero con una mirada que la desnudaba, la tiraba sobre el suelo sucio del establo, le abría las piernas y la follaba sin prestar atención a sus necesidades, solo la follaba para su propia y despreciable corrida. Ella soltó incómoda el apretón de aquella mano húmeda de sudor, cuando ya no pudo aguantarlo más, retirando su mirada y alejándose un poco, con la excusa de ir a palmear a Hidalgo.

-Bien María, ya tendrá noticias mías para organizar el encuentro. Encantado de hacer... negocios... con Ud.

-Claro Sr. Garrido, tiene mi número.

Esa noche, sola en la cama recordó la mirada del Sr. Garrido, y como se había sentido en ese momento ante su presencia, pero ahora, bajo las pesadas mantas, en la oscuridad, se permitió fantasear con esa situación. Se imagino en ese establo con un hombre como aquel, a solas, con ese halo de superioridad y desprecio y a la vez aquel deseo de poseerla para su propio placer. Ella quieta y temerosa del poder de aquel hombre que en su fantasía podía someterla, dejándose manosear por sobre la ropa, sintiendo las fofas manos de ese gordo desagradable que ahora era el Sr. Garrido en su imaginación. La tocaba y le decía palabras obscenas, sucias, mientras sentía su aliento, mientras veía su lengua fofa también, lamiendo esos labios fofos, sobre su fofa papada. Se dejó arrancar la ropa violentamente, casi desestabilizándola, dejándola desnuda y aun más indefensa.

En su cama estaba boca abajo con una mano entre su pelvis y el colchón y otra entre su pecho izquierdo y el colchón. Ambas estimulaban sus zonas más erogenas, el clítoris, inflamado y palpitante, y su pezon izquierdo, suave en su aspereza y duro como una roca pequeña. La pelvis se movía mientras se follaba su mano.

El gordo se había bajado a medias los pantalones, y asomado su polla corta y gorda por entre la apertura de su calzón de tela demasiado grande. Los faldondes de su camisa aportaban al efecto, su corbata a un lado, aun con el saco puesto. La tenia contra la cerca del corral que le llegaba a la cintura, doblada por encima, con las piernas abiertas, forzando la penetración, sin esperar a que se humedezca del todo. Así ella veía las piernas fofas y blancas del gordo Sr. Garrido, peludas y con las medias hasta un poco más abajo de las rodillas, y sus caros zapatos. Se imaginó la penetración y como se la follaba solo para él mismo. Su coño prieto y no muy húmedo no era mas que una paja para el gordo fofo que la poseía. La hacía su objeto, la follaba sin esperarla y se le corría un poco dentro un poco fuera, en la nalga derecha.

Bajo las ropas de cama boca abajo la erotizó sentirse sucia, poseída y utilizada así por alguien tan desagradable que se corrió. No mucho, pero tampoco como para no disfrutarlo.

Cuándo unas semanas después la llamó el Sr. Garrido para concretar el traslado de la yegua, agradeció haberlo cambiado por aquel otro Sr. Garrido, el gordo fofo ya que verlo de nuevo no hubiese sido agradable de haberlo utilizado para su masturbación tal como era.

El día acordado vio llegar la lujosa camioneta con el transporte de caballos, pero se sorprendió al no ver al Sr. Garrido, sino a un hombre distinto, muy distinto.

-Hola, ¿Sra María? -preguntó.

-María. ¿Ud. es?

-Christian, Chris. Soy el encargado de las yeguas.

-Hola Chris, pensé que vendrías con el Sr. Garrido.

El hombre rió ante la idea de Garrido haciendo el trabajo sucio.

-No, no. Garrido no. Ya verás de que va lo que hago... y verás porqué no ha venido Garrido.

Mientras se explicaba, procedía a bajar a la yegua del transporte.

-Esta es Cleo.

Era una yegua hermosa, negra azabache, brillante con unas crines mas cuidadas que su propio cabello.

-¡Es hermosa! -dijo-. Hola Cleopatra.

-Solo Cleo, aunque todos creen que va de diminutivo de Cleopatra.

La llevaron al establo y la acomodaron en un corral en frente de Hidalgo.

-Bueno -dijo ella-, podemos ir al hostal del pueblo, o puedes acomodarte entre los empleados, hay alguna habitación libre en la casa más allá del casco.

-No hace falta, me quedo aquí en el establo, con Cleo.

-¿Cómo? ¿Cómo en el establo?

-Sí, aquí hay lo que necesito. No te preocupes.

Dejó de hacerlo tras insistir y recibir siempre la misma respuesta. Si quería quedarse allí, entonces bien. Tenía la habitación en la parte de arriba, con luz,, servicio y ducha. Pero no era nada comparado con una habitación.

Aquella noche, bajo sus ropas de cama, en su imaginación Chris había elegido esa habitación en lugar del establo. Y ella jugaba a ser Cleo... y el a ser su Hidalgo. Volvía a dejarse, pero esta vez el erotismo no se lo provocó sentirse sucia y utilizada, sino aquel cuerpo fornido y fibroso y fuerte que la trataba con tal delicadeza.

No llegó al orgasmo, prefirió levantarse e ir a ver si Chris estaba bien en el establo.

Al entrar vio a Chris con Cleo. Y vio que tenia puesto en su mano derecha un guante que le llegaba hasta el hombro. Y vio cuando metió su mano en el coño de Cleo, casi hasta el hombro. Y como la yegua levantaba su sedosa cola dejándose penetrar por Chris.

El la vio y le sonrió.

-Conozco a una que está lista para la movida -dijo quitandose el guante pringoso.

Ella se acercó mientras el los juntaba en el mismo corral. Acarreaba la excitación.

-¿Estás bien en el establo?

-Si claro, ahora que están juntos ya los dejo para que se conozcan esta noche y mañana ya los emparejamos.

El se encaminó a la escalera y ella lo seguía.

-Hidalgo es un hermoso ejemplar, sus papeles me impresionaron. Aunque no tanto como su dueña, la verdad.

-Bésame

El se quedó paralizado por la sorpresa. Siempre había trabajado con animales, desde muy joven, en el campo. Su jefe criaba esos caballos y los vendía desde sus oficinas de la capital, pero él era un hombre de campo. Y como tal no había tenido mucho roce con mujeres, y menos con aquellas que tomen iniciativa, a eso sí que no estaba acostumbrado. Y ella lo notó en cuanto se dirigió hacia ella titubeante a besarla y lo hizo torpemente.

-Dame lengua -le dijo.

El volvió a acercarse y lo hizo. Ella la recibió en su boca, la succionó, se la acarició con la suya, se la chupo saboreando su saliva.

-Tócame las tetas.

Sus manos grandes y fuertes, se posaron delicadas sobre sus pechos, desnudos bajo la camisa. Y los apretaron inseguras.

-Arráncame la camisa.

Desabotonó el primer botón que era uno de los del medio.

-Arráncamela coño.

El la miró con dudas y con dudas aplicó más fuerza de la necesaria arrancándole los botones y sacudiéndola en el proceso. Sus tetas se bambolearon grandes y pulposas, con sus pezones hacía rato endurecidos.

-Chupamelas.

El bajó hacia ellas y las lamió. Succionó sus pezones, como si esperase beber de ellos. A ella le dolió un poco, pero la excitó su inexperiencia.

-Quítate la camisa.

El se alejó un poco y se desabotonó la suya. Al quitársela dejo ver un torso torneado por los años de trabajo físico en el campo y una genética que lo había beneficiado.

-Dame tus pezones.

El se acercó a ella y le acercó su pecho a la boca, mientras ella se los lamía y acariciaba.

-Dejame ver tu polla y tus huevos.

El se mostró dubitativo, algo incomodo. Ella había notado que no tenía una erección, no al menos completa.

-Bájate los pantalones.

Así lo hizo. Y ella vio esa polla, no erecta, pero ya con signos de inflamación. Estaba en ese estado previo a la erección cuando tiene un tamaño interesante, lejano al que tendrá erecta, pero se mantiene flexible, maleable.

Se arrodilló frente a esa polla semierecta.

-Apoya un pie en mi hombro.

El no comprendió, pero lo hizo. Obedeció. Al hacerlo sus huevos y su polla quedaron colgando y ella acomodó su boca bajo ellos, la abrió y lo comenzó a lamer mientras el conjunto se bamboleaba. Luego se metió los grandes huevos en la boca y los ensalivó. Y por último tomó ese miembro antes de que se erecte, para meterselo en la boca y sentirlo crecer ahí dentro por las caricias de su lengua.

Ella se puso en pie.

-Bájame los pantalones.

El se arrodillo ahora frente a ella, y le quitó lo que le quedaba de ropa. Solo llevaban medias y tenis.

-Chúpame el coño.

Ella separó las piernas y adelantó la cadera, juntando las nalgas y ofreciendole sus labios mojados, inflamados, abiertos. El sacó la lengua y se los acarició, pero ella quería más y el no sabía como. Ella adelantó sus manos y lo tomó por la nuca y lo apretó contra su coño anhelante, mientras movía su cadera frotándoselo en la boca.

-Así -decía ella-, así... ah... te follo la boca... mmm así.

El le apoyaba las manos en los fuertes muslos tensos y se dejaba follar la boca. Ella antes de correrse, lo apartó y se giró, inclinándose y abriendo sus nalgas revelando un delicado ano de un suave color rosado. También veía sus labios separados.

-Chúpame el culo.

El se acercó demasiado dubitativo para el estado que ella tenía, por lo que volvió a estirarse y tomarlo de los pelos, y a clavárselo en el ano. Movía su culo sobre su cara. Y jadeaba sintiendo la lengua frotándole el ano. El la volvió a tomar por sus muslos suaves y fuertes, y ella mantuvo la mano en su pelo, y la otra apoyada en la áspera columna de madera delante de ella.

-Méteme dos dedos en el coño, fóllamelo.

El dejo uno de los muslos y le introdujo 2 gruesos dedos hasta el fondo. Y ella se movía con la lengua lamiéndole el culo y los dedos penetrándola y follandola. Su mano en la columna fue a su pezón izquierdo y comenzó a correrse sin control. El cuando la escuchó gemir de esa forma amagó a detenerse.

-¡NO! ¡NO TE DETENGAS!

El retomó las lamidas y la penetración hasta que ella dejo de gritarle que él era su puta. Hasta que sintió su denso y ardiente flujo derramarse entre sus dedos. Hasta que dejó de sentir los espasmos orgásmicos en ese delicioso ano.

El se puso en pié y se alejo un paso, muy erecto, sin saber qué hacer a continuación.

-Puta -le dijo ella.

El no dijo nada.

-Date la vuelta puta.

El se dio la vuelta. Ella se le acercó por detrás. Le puso una mano en la pelvis y otra en un omóplato. La mano en la pelvis la llevo hacia ella y la del hombro hacia el, haciéndolo inclinarse. El se dejó inclinar.

-Ábreme tu culo puta.

El la miraba por encima del hombro, inclinado, mientras se abría el culo. Así, ella vio su ano de hombre, y como sus huevos colgaban en su saco de piel que nacía en su ano. Y esa polla gruesa y dura apuntando hacia abajo. Se acercó y le lamió el ano mientras con una mano le masajeaba los huevos y con la otra la polla. Chupándole el culo, y manoseandole los grandes huevos, le ordeñaba la polla con esos movimientos ascendentes y descendentes.

El flexionó sus poderosas piernas y arqueo la potente espalda para entregarle mas de su ano, sus huevos y su polla allí donde ella lo poseía de esa forma.

-Gime puta.

Obedeciendo, él empezó a hacerlo, a respirar de forma pesada al principio para luego ya responder con gemidos a los estímulos que ella le aplicaba. La polla enorme, empezaba a tener sus venas resaltadas.

-Ábreme más tu culo puta.

El aferro sus nalgas y las separó con fuerza, hundiendo sus fuertes dedos en esas nalgas carnosas y firmes. Ella subió la mano de los huevos y lo penetró con el dedo indice. El gimió más y la miró con sus ojos entreabiertos por encima del hombro. Ahora su boca fue a comerle los huevos. Mas gemidos de su puta.

-Quiero tu leche. Dámela puta, venga.

Ella aceleró la paja, la velocidad con que lo penetraba y la succión de los huevos. Y el no tardó en correrse. Levantó la cabeza con su boca abierta dejando escapar un gran jadeo animal, su espalda se puso rígida, los músculos de todo su cuerpo se tensaron, todo su mundo, todo este mundo en el que se había convertido en la puta de María, en el que María lo poseía y lo utilizaba, se detuvo un momento. El momento que demoró en que toda esa tensión de las fibras musculares de concentrase en el músculo de su verga inmensa. Tras lo cual, liberó esa presión acumulada de golpe, en 8 bombeos de leche caliente y densa, 8 bombeos de mayor a menor, 8 bombeos gruesos, 8 que ella sintió en su mano, que aferraba esa polla, 8 intensos bombeos tras los cuales, ese cuerpo musculoso, se relajo, pasando te roca, a gelatina.

Ella lo soltó delicadamente, se puso en pie juntando su ropa, y se alejó sin decirle nada más por esa noche.

Al día siguiente, se despertó de muy buen humor, satisfecha por la experiencia de la noche anterior completamente nueva para ella, y claro, también para él. Su inexperiencia lo había excitado y ella se había dejado llevar. Someterlo la había excitado y se había dejado llevar. Que el se dejase llevar, la había excitado y ella se había dejado llevar.

Preparó el desayuno, para dos, y bajó a buscarlo.

Vió que para él aquello había sido demasiado. Hidalgo había servido a Cleo durante la noche.

Lo supo por la nota clavada en la columna.