domingo, 3 de enero de 2010


No pude evitar acariciarme mientras te veía ahí e imaginaba que posabas así para mi. Pidiéndome que te toque en cada una de esas posturas que adoptabas, rogando que te bese cada porción de tu cuerpo que dejabas expuesta en esas posturas, que te recorriese con mi labios.

Se va acrecentando el deseo de tenerte entera para mi, entregada, complaciente, exigiendo placer, goce, orgasmos y atendiendo mi lujuria mediante la forma en la que expresas el placer que sientes, con jadeos, gemidos, gritos, palabras sucias, movimientos de tu cuerpo, miradas lascivas, enseñándome tu lengua, pidiéndome cosas específicas, ofreciendo tus zonas erógenas, abriéndote.

Ahora mismo soy víctima de una gran erección, mis manos la mantienen masajeándome, acariciando la cabeza enrojecida, mojada por el líquido preseminal que sale en pequeñas gotas transparentes y densas, mis testículos cargados, listos para llenarte allí donde te dejes, las veces que haga falta, sin interrupciones, hasta la extenuación, hasta que duela, hasta que mis orgasmos estén vacíos, por tenerlos todos ya dentro y fuera de ti.

Tus gritos orgásmicos me llevarán al orgasmo contigo, las convulsiones de nuestros cuerpos unidos y transpirados acrecentarán la sensación de comunidad entre nosotros, el contacto contra tu piel morena, tersa, suave y firme me lleva al éxtasis, tu aliento en mi boca, tu lengua anhelante, mi saliva, tu saliva, y yo, ya palpitándote dentro... en tu calor delicioso, luego en tu culo prieto... teniéndote de frente, luego de espaldas y de lado, en la cama, en el suelo, contra la pared, sobre la mesa y en la silla, encima tuyo, debajo, de pie y en cuclillas... tus piernas completamente abiertas y también cerradas, inclinándote hacia adelante exponiendo la rajita de tu coño apretadita entre tus muslos internos y mi lengua que te la recorre de abajo a arriba, acariciandote el ano, en movimientos circulares, clavandote la puntita de mi lengua.

Incorporándome detrás de ti, diciendote "flojita..." cuando apoyo mi cabeza inflada en tu culito, ambos lubricados, uno por el liquido preseminal y otro por mi lengua... y empujo... empujo... te meto la cabeza y gimes... "ahhh..." me dices y me miras desde mas abajo por encima de tu hombro... tus tetas hermosas apuntan hacia abajo colgando firmes y tersas como tu piel y me aferro a una, te la manoseo, aprieto tu pezon endurecido... y te digo " flojita... flojita..." cuando siento tu ano alrededor de mi cabeza... y empujo mas.

Lanzas un pequeño gritito al tener la mitad ya en tu culito... "ah! ahaa... ahhhhha si..." y me late de placer, más que por lo que siento sobre mí, por lo que escucho... tu entrega me calienta tanto... que lo sientes en mi al sentir como ensancha... y empujo mas, despacio pero sin pausa... "toma... " te digo... "te la clavaré hasta que mis huevos toquen tus nalgas de ébano..." y empujo hasta el final..."AHHHH" me dices mientras me miras, entregada a tu macho.

Porque soy tu macho... y tu mi hembra... desnudos, jadeantes, agitados, embriagados de placer... sin poder ni querer detenernos... alargando las sensaciones... retrasando el orgasmo al máximo... sintiendo que está ahí, en la base de mi verga, donde nace, entre mi ano y mis huevos... pero lo mantengo ahí... tu coño hirviente y mojado palpita con mi verga entera en tu culito... y empiezo a mover mi cadera lentamente... para follarte por el culo.

Te duele, pero te gusta... quieres que me detenga pero que siga... te molesta, pero te agrada... estás sobre el límite entre el dolor y el placer... y te mantengo ahí con movimientos precisos... quiero que te duela y te guste... porque soy tu macho... y tu mi hembra.

Estamos ya cerca y te pregunto "donde lo quieres...?" y sin dejar de mirarme me dices que te folle el coño que no aguantas más... y lo hago... cambiando condones en un segundo, sin hacerte esperar, porque soy tu macho... y mi hembra debe gozar... te pongo a cuatro patas sobre la cama, con el culo en pompa, separo tus nalgas y lamo tu ano agradecido... acomodo mi verga sobre tus labios calientes y mi cabeza los separa revelando tu agujero anhelante.

No tengo piedad en tu coño, como la tuve en tu ano... porque soy tu macho... y aferrado a esas caderas de ensueño, empujo y te la clavo entera... haciéndote gritar entre gemidos, más que nada por la sorpresa y la sensación de tener mi verga instantánea.

Te follo... fuerte... rápido... duro... tus tetas bailan a mi ritmo... tus jadeos escapan de tu boca a mi ritmo... te muevo, porque soy tu macho.

Te vienes y te espero... sé que tu corrida será perfecta, tu coño ya palpita alrededor de mi verga... te vienes porque eres mi hembra y te encanta... jadeas más rápido, cierras y aprietas los ojos, abres tu boca en una O eterna, tus manos estrujan las sabanas, tu cuerpo se pone rígido, tu coño me aprieta la verga desde dentro... gritas... gritas... te convulsionas... me corro en ti.

Mis bombeos orgásmicos salen bajo el coro de tus gritos sin fin... y mientras gritas corriéndote me corro en ti... hasta que te relajas envuelta en éxtasis... y mis bombeos cesan...y me dejo caer sobre tu cuerpo... y sentimos los últimos movimientos involuntarios de nuestros cuerpos... hasta que solo sentimos las palpitaciones de tu coño y mi verga... que continuan unidos.

Porque soy tu macho...

...y tu mi hembra.

Maldita la sangre II


El mundo había vuelto a cambiar. Tras mucho tiempo de aparente estabilidad, lo cual la había acostumbrado, se habían presentado nuevos cambios en la sociedad. Y es que ella quedaba fuera esa protección natural que es la mortalidad, lo que hace que la sociedad pueda avanzar. Si el mundo estuviese poblado de inmortales como ella, poco se avanzaría, ya que la masa tiende a ser conservadora.

La tecnología era la nueva religión. Las nuevas generaciones fueron apartándose cada vez más de la rigidez de los dogmas, deslumbradas por esos avances que tenían un impacto cada vez mayor en la calidad de vida. Y no solo en cuanto a la calidad de vida, los avances alcanzaban todos ámbitos. Sobre todo la salud. Y la seguridad. Le costaba ya conseguir su alimento sin exponerse demasiado. Se había perdido hacía tiempo el pudor a la vigilancia, al concepto introducido por la novela "1984" del Gran Hermano, y la la gente se sentía cómoda bajo la atenta mirada de las cámaras de vídeo vigilancia y los sistemas de información que procesaban las imágenes en busca de actividades delictivas. Estos sistemas habían probado su eficacia, y la tasa de criminalidad había descendido lo suficiente convertirlos en una necesidad.

Esa madurez social que en su momento la liberó pudiendo decir abiertamente que era una vampiresa sin que la tomasen lo suficientemente en serio como para temerle o matarla y que a la vez provocaba la fascinación de sus víctimas, ahora la condenaba a pasar hambre por la dificultad de ocultar sus hábitos. Lo que la impulsaba a un circulo vicioso de ansiedad que la llevaba peligrosamente a sus límites, haciendo que el cuidado que debía tener para conseguir su alimento y no exponerse, hiciera que por desesperación cometiese una imprudencia que la dejase expuesta.

Buscaba hacía tiempo y sin suerte un igual. Había recorrido el mundo tras los indicios de actividad vampírica que podía descifrar de informes médicos, forenses o policiales. Se había vuelto una trashumante, alimentándose en donde estaba hoy, para ya no estar allí mañana, en su búsqueda de un igual.

Se encontraba tras una huella firme. Informes forenses dejaban un rastro de muertes que podrían asociarse a los hábitos alimenticios del vampiro. Osetia de Sur seguía siendo un país mayormente rural, con amplias extensiones de terreno, inmensidad de granjas diseminadas a lo largo del país con algunas pocas ciudades, pequeñas y separadas unas de otras. Geográfica y demográficamente correcto. Los avances tecnológicos que tan contenida la tenían aquí no habían llegado del todo, salvo, en aquellas ciudades más importantes, lo que presentaba curiosos contrastes, de ciudades avanzadas flotando como islas en un mar del siglo XIV.

Ello hizo que diera rienda suelta a su instinto, aprovechando esa situación y siguiendo ese rastro que la había llevado hasta allí. Rondaba las apartadas granjas, estableciéndose en rincones húmedos y oscuros, oculta y a salvo durante el día, acechando durante la noche, acabando así con los integrantes de una familia al cabo de pocas semanas, verificando que dichas muertes se asociaban con una misteriosa enfermedad infecciosa de la que no se encontraban rastros.

Los pobres diablos que sucumbían a ella, al menos experimentaban el mayor placer de sus desdichadas existencias antes de sentir la vida apagarse dentro de ellos, devorada por su exótica amante. Y es que su sensualidad sobrenatural, sobrepasaba cualquier costumbre, o pauta de comportamiento por más arraigada que se encontrase en el subconsciente de su víctima. No sólo deslumbraba a los hombres, lo cual hubiese sido hasta algo natural, ya que estos se rinden a los instintos tarde o temprano, mas allá de sus creencias. Pero del mismo modo seducía a sus mujeres y a sus hijas. Y es que dentro del ser humano existe un lugar donde las buenas costumbres, las creencias, lo civilizado e incluso la mas férrea fe, no llegan, pero su capacidad de seducción, su libido, su atractivo sensual y sexual tenían libre acceso.

Y el ámbito en el que se encontraba, presentaba una deliciosa remembranza de sus comienzos. Cuando se encontraba con toscos hombres sin formación, sin educación, que se habían criado bajo la dureza de los elementos, trabajando con animales de carga, arando la tierra áspera, con sus manos, sus cuerpos y su sexualidad curtidas por esa realidad que vivían. Esos hombres la poseían de una manera visceral, animal, sin preliminares, sin delicadezas, sin atenciones, solo preocupados por lo que ellos sentían y por llegar a volcar su simiente en su interior. Ser prácticamente violada con su consentimiento la excitaba, sentir esos empujones que buscaban lastimarla, sentir esas convulsiones y espasmos del cuerpo de su amante sobre ella al venirse en su interior, eran sensaciones casi olvidadas, ya que hacía muchísimo tiempo que sus amantes se habían civilizado y vuelto artistas del sexo. Y esto era redescubrir un sexo perdido.

Las mujeres en cambio, se dejaban hacer. Se sentían confusas, y resultaban inocentes y torpes cuando intentaban tomar la iniciativa. Y más, cuanto más jóvenes eran. Resultaba mas trabajoso vencer sus inhibiciones, pero lo conseguía. Y cuando eso sucedía la mujer se entregaba. Era habitual que acostumbrada e ese trato rudo de los hombres al que se veía sometida, estar con ella fuese una experiencia de placer desbordante, cosa que se evidenciaba cuando no podían contener sus sordos gemidos de placer al culminar. Los que se encadenaban con los silenciosos alaridos del horror, al descubrir la naturaleza de la mujer que tenían entre sus piernas.

Pero aún mejor eran los vírgenes, y mucho más aun, las vírgenes. Adoraba ser su primer y último orgasmo.

No fue consciente, quizá por verse embriagada de excitación, que al haber dado rienda suelta a su instinto había empezado a dejar su propio rastro.

El médico del poblado más cercano a su área de actividad ya estaba preocupado especialmente por lo que había estado sucediendo antes de su llegada. Por esas muertes que la habían atraído como a un sabueso, tras lo que ella entendía como los restos dejados por otro vampiro. Y ahora que a esto se había sumado ella, y que ella estaba un tanto descontrolada, el médico creía estar frente a un inicio de epidemia.

Por su parte, un investigador de la policía local, al no poderse explicar las muertes por medio de la medicina, ya que no aceptaba la "enfermedad infecciosa desconocida" como causa, y dado el aumento en la tasa de mortalidad que se había dado en las últimas semanas, creía estar frente a un asesino serial.

Ninguno estaba en lo cierto, pero en parte ambos lo estaban.

Una noche como tantas otras se dispuso a alimentarse de sus anfitriones. Las luces de la granja se apagaron, procediendo sus habitantes a descansar. Uno de ellos, eternamente. Salió de su húmedo agujero, hojas muertas y tierra se adherían a su ropa, haraposa ya hacía tiempo y a su piel allí donde la ropa ya no la cubría. Durante el día acostumbraba dormir profundamente ya que su cuerpo estaba atiborrado de alimento. Por ello, no supo que en la casa había otro inquilino de la familia.

Entró sigilosamente, sin hacer ruido, sin hacer sombra. Se dirigió a la habitación de la hija adolescente. La había visto bañarse en el lago una tarde casi anocheciendo y se había excitado pensando en poseerla y alimentarse de ella. Inocente, se había convertido en su primera obsesión en mucho tiempo. Y como había sucedido con su última obsesión, aquella que había confundido con un profundo sentimiento de amor, ella ahora no tendría un trato diferente.

La habitación olía a la adolescente que la ocupaba. La vampiresa que se acercaba como flotando a la cama, comenzaba a exudar las feromonas que comenzaban a inundar los sentidos dormidos de la adolescentes. Sus sueños antes plácidos e inocentes cambiaron súbitamente su cariz. Perdieron su inocencia, y se llenaron de erotismo. La adolescente se movió bajo las mantas, lanzando un gemido adormecido.

El placer la envolvió mientras se acercaba a su presa. El mismo placer que arrancaba suavemente a la adolescente de su sueno inquieto, sintiéndose húmeda, agitada con el corazón desbocado. Desorientada al principio, presa de la descarga de sensualidad de la vampiresa fue incapaz de reaccionar al verla acercarse a su lado a medida que se desnudaba. Quieta como un conejillo deslumbrado por los focos del auto que se aproxima, la adolescente no despegó sus ojos de ese cuerpo sensual y excitante que se posaba a su lado con la gracilidad de una pluma que cae libre sobre el suelo. La vampiresa una de las manos tensas de la joven, que no presentó resistencia alguna, y la llevo a posarse sobre su terso pecho, de pezón erecto. Se lo apretó torpemente, mientras su mirada no se apartaba la mano sobre el pecho de la mujer. La otra mano se dirigió al otro pecho desnudo sin que fuese necesario guiarla. La joven miraba extasiada como sus manos masajeaban esos pechos suaves y tersos, de consistencia esponjosa mientras sentía la dureza de los pezones contra las palmas.

La vampiresa acercó su boca a la de la joven. La invadió con su lengua, con su saliva. La joven la abrió entregándola, mientras continuaba mirando a su amante con los ojos muy abiertos y tiernamente bizcos por la proximidad.

Mientras duraba el beso de lenguas, las manos de la vampiresa desabotonó con maestría el camisón de la joven, abriéndolo y dejándolo caer, descubriendo unos pechos pequeños, de pezones grandes y duros que casi desencajaban en el conjunto. Dirigió su boca hacia ellos. La joven los adelantó arqueando la espalda presa de su propio instinto sexual, a la vez que bajaba la cara, presa de la vergüenza por lo que se dejaba hacer. Por primera vez sus ojos se cerraron, y gimió fuera de su sueño.

La vampiresa la sacó lentamente de la cama. De pie junto a esta, el camisón terminó a sus pies, dejando al descubierto un oscuro triangulo de vello púbico contrastando con una piel extremadamente blanca. Pensó que al no tener sangre en sus venas, no tendría una palidez mayor de la que ahora tenía. Y que la mata de pelo en su sexo serviría para continuar ocultando su rastro.

Arrodillándola frente a sí, la vampiresa separó sus piernas y adelantó su sexo, acomodándolo en la boca anhelante de la adolescente. Sus manos se enredaron en el cabello revuelto de la joven y la empujaron suavemente contra su calidez. La joven, confusa, comenzó a comerla. Torpemente, pero aún así resultaba placentero. La cadera se movía sobre esos labios carnosos intensificando el movimiento de la lengua inexperta. Y un momento después, la vampiresa se corría en la boca de su amante.

La tomó de una mano y volvió a ponerla en pié guiándola hacia la cama. La recostó boca abajo, separó sus piernas y levantó sus nalgas de forma de tener acceso a los pliegues empapados de la joven, que ya anticipándose a lo que sentiría, se aferraba a las sabanas de su deshecha cama, arrugándolas entre sus dedos.

Las manos expertas de la vampiresa separó las nalgas, al tiempo que con dos dedos estimulaba los contornos suaves y rosados del ano de la adolescente, que al instante respondió con silenciosos gemidos. La lengua, ya bífida, salió entre los colmillos perlados y lamió los pliegues mojados, labio a labio. La penetró repetidas veces, y estimuló el clítoris inflamado que parecía latir y estar a punto de estallar. La joven tenía el sabor de la virginidad en su sexo. Y el sabor que adoraba de las vírgenes era ese, mezclado con la sangre que perdían al ser penetradas por su lengua. Ese sabor la perdía.

La hizo girar bruscamente, sobresaltándola, haciéndola enfrentarse cara a cara con el horror. Quieta, inmóvil, su expresión de profundo placer dio paso al mas puro terror. A la vez que se preparó para devorarla, la puerta detrás de ella se abrió. Ella giró con la velocidad de un relámpago y se enfrentó a un desconcertado hombre, que sin duda no esperaba encontrarse con eso. Desnuda como estaba saltó a una pared y caminó sobre ella a 4 patas con la velocidad de un pequeño roedor hacia la ventana que atravesó sin importar que estuviese cerrada. El hombre reaccionó venciendo el estupor y la siguió asomándose justo para ver que sólo caían vidrios al césped, dos pisos por debajo. Al instante comprendió su situación. Giró su cabeza hacia arriba para descubrir allí a la desnuda vampiresa, que se arrojó sobre su cuello arrastrándolo consigo a una caída terrible, pero a la que el hombre llegó ya muerto por las heridas de la vampiresa.

En la habitación dos pisos por encima sonaban los gritos histéricos de la joven.

-PADRE!!! PADRE!!! UN VAMPIRO MATO AL DOCTOR!!!

Cuando las luces de la granja se encendieron alertadas, ella ya se había alejado como para no seguir escuchando las voces en su interior.

Su rastro había puesto en movimiento al doctor del poblado. Este, analizando el patrón de decesos había seguido a la supuesta enfermedad hasta la granja de esa familia. Había acertado con el patrón. Puso en observación a sus integrantes y permaneció allí durante la noche. Recorría las habitaciones controlando el sueño de los que allí dormían, y llegó a la habitación de la joven en el momento justo.

Ahora, su sutil rastro, ese que había levantado las tibias sospechas de un médico de pueblo seguramente demasiado aburrido como para poder pasarlo por alto, se había convertido en un cartel luminoso en medio de una noche oscura.

Durante el día siguiente se oculto en un nuevo escondite sin poder dormir, escuchando el paso de helicópteros y vehículos por la zona. Había un operativo de las fuerzas de seguridad que intentaban dar con la asesina.

La policía había llegado a la granja unos minutos después de que el padre de la joven hiciera la llamada. Una hora mas tarde habían montado un enorme control alrededor de la escena del crimen. Habiendo tomado declaración a la histérica joven, la que aun así dio gran cantidad de precisos detalles acerca de lo ocurrido, las autoridades y su familia asumieron que sufría de estrés postraumático.

La autopsia del médico, luego indicaría que las heridas, por su ubicación, morfología, profundidad, daños causados, etc. se asociarían con las de un enorme animal salvaje. Un gran lobo, de los que abundaban en la región. La declaración de la joven fue descartada. Y ella fue obligada por la familia a no seguir hablando de lo sucedido con nadie mas, por temor a que la tomasen por desequilibrada y terminasen obligando a su internación en un instituto de salud mental.

Así, como sucediese al comienzo de su historia como ser inmortal, su existencia fue olvidada. Y la experiencia la convenció de que era mejor abandonar aquella región. Dar por concluida su insensata búsqueda, la que al fin de cuentas casi pone en riesgo su vida.

Al anochecer, cuando ya era noche cerrada y la brillante luna se ocultaba tras unas densas nubes, abandonó su escondite. Su corazón dio un vuelco al ver a una figura frente a ella, allí esperando su salida. ¿Habían creído a la joven después de todo? ¿La había cazado como a un animal? ¿La habían rastreado hasta su agujero?

Poniendose trabajosamente en pie, cubierta de hojas secas y tierra, con la ropa hecha jirones (no había podido llevarse ropa de la joven la noche anterior), escuchó al extraño oculto en sombras frente a ella.

-Mira lo que estás hecha... -observó con desprecio una voz de mujer- Si pareces una maldita bastarda, dando pena de ti misma. ¿Te parece que ésta es la manera?

No entendía lo que sucedía. Esa persona le hablaba como si la conociera. Como si conociera su realidad.

-Estás completamente fuera de control. Tu instinto está desbocado, te has dejado llevar por tu animal interior. Te pones en riesgo, en evidencia ante estos incautos, y no solo eso. Lo peor es que me pones en riesgo a mi también. He llegado a estas tierras hace muchos años y me he instalado. Me he procurado un sustento entre estas gentes ignorantes y sumisas. He intentado mantenerme en las sombras, no levantar sospechas, no dejar rastros. Al menos no para el ojo de los mortales. Creo que estás aquí no por casualidad.

-No - dijo ella casi sin aliento. Había encontrado a su igual. Bueno, a decir verdad su igual la había encontrado a ella- No estoy aquí por casualidad.

-Lo suponía. No somos tantos como para cruzarnos por el mundo. Aunque hay algunos irresponsables que no tienen autocontrol, que no han aprendido a ser vampiros, y que van dejando por ahí vestigios, comidas sin terminar.

-¿Has encontrado más de los nuestros? -preguntó asombrada.

-No, ni lo pretendo. No podemos juntarnos, tener una vida en grupo, en fraternidad. No somos gregarios. Si lo fuésemos seríamos fácilmente detectables. Nuestro instinto de conservación, de supervivencia nos los impide. Así como nos impide que nuestra voracidad nos exponga.

Ella supo que en resumen, todo lo que este vampiro decía que iba en contra de sí mismos, era exactamente lo que ella hacía habitualmente. Había perdido el control, quizá nunca lo había tenido.

-No te aflijas -le dijo la figura de mujer frente a ella- no es tu culpa después de todo. Eres producto de un irresponsable, y como tal, heredas sus carencias. Conozco tu historia. Supe hace tiempo de tu llegada a estas regiones. Detecté tu presencia, tu rastro, e hice mis investigaciones. Siguiendo las víctimas, las fechas y el movimiento de pasajeros en los viajes, terminé dando contigo. Eres hija de Christoph el No Quieto.

-Christoph -susurró. El nombre del extraño que la había bendecido.

-Uno de los peores vampiros del que se tiene registro -sentenció la vampiresa frente a ella-. Vagó por el mundo sin cuidado, sin preocuparse por ocultar sus hábitos, dejando infinidad de veces su alimento inacabado. Tú misma eres uno de sus últimos vástagos. Poco después le dieron caza y lo quemaron en América. Antes, se ocupó de convertirte y dejarte a su suerte. No estuvo a tu lado para guiarte en tu transformación, en desarrollar tu instinto de conservación antes que el instinto de predador, en corregir tu comportamiento, en ser tu mentor y hacerse responsable de sus actos al haberte creado. Por ello no te culpo. No te culpo por convertirte en un animal salvaje guiado por el hambre, por descuidar tu sigilo y mostrarte a un humano que no haya muerto luego de verte tal cual eres, por poner en riesgo tu existencia y también la mía al poner el alerta a los habitantes de estas regiones y privarme de mi sustento. No te culpo por nada de eso, aunque no por ello puedo permitirte continuar así.

La vampiresa dio un paso hacia ella. Se vio amenazada por primera vez en su extensa vida. Siempre fue la predadora, pero ahora, luego de haber anhelado dar con un igual, tras haberlo hecho, era ese igual, alguien de su misma condición, tan solitario como ella misma, quien la sumía en el papel de víctima.

Se preparó para defenderse, para luchar. Sus ojos se tornaron negros como la noche, sus uñas crecieron afiladas, sus manos se convirtieron en garras, sus dientes en las fauces de un vampiro. Estaba lista. Si su igual, esa vampiresa milenaria que la conocía, deseaba acabar con ella, daría pelea.

Pero para lo que no estaba lista era para lo que aquella vampiresa hizo. Ya que no luchó, no la atacó. Siguió avanzando hacia ella, lentamente, de forma casi seductora. Su sensualidad le llegó inundando sus propios sentidos. No estaba lista para ese tipo de enfrentamiento. Intentó continuar en guardia, preparada para lo que sea, pero de nuevo, volvió a no estar preparada para lo que sucedió a continuación.

La luna mostró su cara, asi como lo hizo la vampiresa bajo la mortecina luz grisácea.

-¿Natalia? -dijo sin aliento.

Era ella. Su único amor. Aquel amor que quiso confundir con obsesión. Aquella joven a la que había devorado aún amándola, y que la sumió en un profundo dolor casi eterno. Dolor que volvía, junto con el desconcierto, el amor y la alegría.

-Me dejaste medio muerta. No concluiste tu alimento. Por torpeza, por piedad, por amor, por lo que sea que haya sido, me dejaste ahí, inconclusa. Casi muerta te deshiciste de mis despojos, arrojándolos en un descampado alejado de todo. Y me abandonaste sin mirar atrás. Pasé por lo mismo que has pasado tú, pero yo al contrario, asumí mi realidad, me hice responsable de mi situación y aprendí a vivir con ello. Tu, en cambio, nunca superaste tu maldición. Mira que enamorarte de la que fui estando viva.

-Natalia, lo siento, lo siento mucho... -dijo entre lagrimas de pena, de amor y alegría-. Cometí muchos errores... no te permití ser mi alumna, pero te ruego seas mi maestra. Natalia, te amo.

-Amas a alguien que ya no existe -dijo llegando a ella-. Yo no soy Natalia, aunque siga respondiendo a ese nombre. Y que en tu interior sientas amor, indica que tu transformación nunca concluyó. Y eso dio lugar a que te conviertas en un híbrido. Un vampiro con los sentimientos y la fuerza de voluntad de un mortal. Lo que en definitiva nos trajo hasta aquí.

Natalia la rodeó con sus brazos, y ella se dejo rodear. Sus sentimientos hacia Natalia hacían que su voluntad flaquease y se dejase hacer. Natalia acercó su boca hacia la de ella.

-Pobrecilla... -susurró rozando sus labios-. Tan pura e inocente, tan sola y perdida.

Se besaron profunda y largamente. Sus lenguas se entrelazaron.

Al separarse sus rostros de nuevo, ella sintió el terror que sintió al momento de su creación. Natalia ya no estaba, nunca había estado. Tenía enfrente el rostro descarnado y sin mascaras del monstruo que ella misma había creado.

El dolor de comprender que nunca había estado bendita, que nunca habría podido estar con Natalia, ni entonces ni ahora, el dolor de sentir fresca esa pérdida de nuevo hizo que de pronto se sintiese tan cansada. Cansada como nunca se había sentido. Se sintió vieja y mustia, como si de pronto todos los años que había vivido en condición de inmortal la alcanzaran a la vez, mellando su cuerpo, su mente y su espíritu, si es que tenía uno.

Mirando esos ojos negros como la noche, con los suyos llenos de lágrimas, levantó la vista al cielo negro como esos ojos, y entregó su cuello, su vida.

Aquello que se llamaba Natalia pero que nada tenía que ver que la inocente Natalia que se había entregado a ella y había sido víctima del instinto de la vampireza, ahora cumpliendo con el dictado de su propio instinto, un instinto muchísimo mas desarrollado de lo que ella nunca lo tendría, puso fin a su existencia en un abrazo de amante que en lugar de tiernos besos, da mortales dentelladas.

Depende de tí


El mensaje de voz en su móvil estaba cargado de ansiedad. "Necesito que vengas... que vengas YA!", decía. En su cabeza se representaban una serie de situaciones desafortunadas que daban origen al mensaje que su padre, maestro y mentor le había enviado. Esa forma de pensar, ese pensamiento científico que la hacía considerar primero la peor opción de las posibles.

El departamento de la universidad que su padre tenía a su cargo había sido su jardín de infantes, su sitio de ocio, su refugio en situaciones sentimentalmente adversas, su inspiración, y sería ella quién continuaría allí cuando su padre decidiera darle descanso a esa mente febril rebozante de ideas radicales, no siempre de amplia aceptación por la comunidad científica, esa que debería ser progresista y abrirse a nuevas ideas, pero que en general es conservadora y amante del status quo. Será que los máximos exponentes de dicha comunidad, en general, dejaron de ser científicos, para ser empresarios o políticos.

Poco le importaba a ella lo que pensara el resto de colegas de su padre, y suyos, ya que ella tenía los mismos títulos que él. Habían alcanzado el máximo nivel reconocido en la física. Titulación académica, masters, postgrados, seminarios, enseñanza, trabajo de experimentación, desarrollo de teorías, etc. Aunque ella se consideraba varios escalones por debajo de su padre, ya que sabía que por muchos títulos que se lograsen, había un componente que uno aportaba, que estaba dentro de nosotros y que su padre tenía, pero del que ella carecía. Esa chispa que diferencia a los genios del resto de la gente.

Mientras recorría los solemnes pasillos de la universidad, se cruzaba con alumnos y profesores y la mayoría la saludaban. No era de extrañar, había crecido en ese lugar.

La puerta del laboratorio de física unificada tenía la puerta cerrada, con llave. Usó la suya para entrar y volvió a poner llave tras ella. Costumbre adquirida por ella y su padre luego de que un colega publicase un articulo llamativamente parecido a una investigación terminada que su padre había dejado sobre su escritorio y que había desaparecido un tiempo antes de la aparición de artículo.

Lo encontró, como siempre, rodeado de penunmbras, en una isla de luz sobre su mesa de trabajo, luz que mayoritariamente provenía de las pantallas de ordenador, muchas, que tenía frente a él.

La escuchó entrar, y sin apartar la vista de los números que aparecían en sus simulaciones, le dijo:

-Hay una solución, y acabo de dar con ella.

No entendió del todo la magnitud de esa afirmación.

-¡¿Lo hiciste?! ¡Eso es genial! El trabajo de toda tu vida, padre, tu sueño. Esto te dará el nobel de física.

-No lo entiendes, hija, hay SOLO una solución, y no mas.

Guardó silencio sin entender, tal como afirmaba su padre.

-¿Qué quieres decir?

El se puso en pie y caminó hacia ella.

-Quiero decir, que existe una solución que unifica las teorías físicas. La teoría de la relatividad general y la teoría cuántica, bajo un mismo marco teórico. Pero solo una, y que al aplicarla, ya deja de existir. ¿Entiendes?

-Entiendo lo que dices, pero no cómo puede ser así.

-Yo tampoco comprendí que era lo que indicaban los sistemas de ecuaciones, ni los modelos matemáticos, pero todo se derrumbaba al aplicarlos en una simulación. Todo era correcto una vez, luego dejaba de serlo.

-¿Puede hacerce el viaje?

-Una vez.

-¿Es posible regresar?

-Sí, todo funciona a la perfección, hasta el final. Luego toda la teoría llevará a una singularidad.

-Quiero hacerlo.

-Lo sé hija, pero debemos ahora tener en cuenta el hecho, antes desconocido, de que el viaje podrá hacerse una única vez en la historia del universo. Tenemos el billete para hacerlo, pero ahora además, tenemos una responsabilidad casi infinita. Siempre fantaseamos tu y yo, hija, con conseguir volver al pasado, y el primer lugar que visitaríamos era el día y la hora del accidente, recuperar a tu madre, que tan injustamente dejó este mundo. Pero si pensamos en que solo podremos hacer eso una vez, algo que nunca imaginamos, es necesario considerar si ese viaje, a ese lugar, a ese momento, con ese fin, justifica el uso de la única posibilidad de hacerlo.

-Es nuestro derecho, tú lo conseguiste, tu diste con esa puerta de usar y tirar, nosotros nos merecemos darle el uso que querramos, que necesitemos, recuperar a mamá.

Se sentía de pronto abatida, la ilusión inicial de haber logrado dar con la forma de viajar al pasado e interactuar con los sucesos que marcaron el futuro, de forma de poder mejorarlo, dio paso a la negación de la realidad que planteaba su padre en sus siempre criteriosas palabras. ¿Tenía que sacrificar a su madre, en pos del bien común? ¿Debía ese viaje ser algo puesto a debate? ¿Debía mantenerse en secreto? De hacerse público el mecanismo físico-matemático que lo hacía posible, ¿no sería utilizado por el primero en conseguir aplicarlo en la realidad para sus propios intereses? ¿Era algo que pudiese ponerse en manos de cualquier persona, de un gobierno determinado, de alguna empresa, de un grupo etnico, de un grupo religioso, de una organizacion terrorista? en manos de cualquiera, tendría potencialmente consecuencias desastrozas... para unos u otros.

Además de decidir quién debía darle un uso, había una decisión aún más difícil, y era qué uso darle. Decidir a qué fecha viajar, con quién interactuar, qué tipo de interacción, y para cambiar qué aspecto del presente. Ella lo tenía claro, eso creía al menos antes de saber de la singularidad escondida tras la teoría unificada, esa que impediría volver a hacerlo. Ella viajaría al 14 de marzo de 1996 a las 15:23, al cruce de las calles Concordia y Velázquez, a hacerle señas al conductor que miraba el paisaje en lugar del semáforo que se ponía rojo para él y evitar que su coche impactase de lleno en la puerta del acompañante del coche de la familia, matando a su madre en el acto, para volver al presente y encontrarse a su madre, 14 años más vieja que la última vez que la había visto, y darle un abrazo fuerte que se prolongaría mucho rato, mezclado con risas, llanto, besos y lágrimas. Pero la ética y la moral ponían en duda su convicción.

¿Y tú?, sí tú, ahí en tu ordenador... Tienes la posibilidad de emprender ese viaje, ese único viaje de ida y vuelta a un pasado común para todos nosotros, y tienes la posibilidad de elegir, cuándo y a dónde ir, la posibilidad de elegir a quién encontrar y qué hacer, para modificar lo sucedido y mejorar desde tu punto de vista este presente...

Dime, ¿qué harías?

Perdido por perdido


Supe que había tocado fondo, cuando después de haberlo perdido todo, seguí adelante y lo siguiente que perdí era lo único que me quedaba, a mí mismo.

Años de juego clandestino. Años de visitar infinidad de salas oscuras en lugares sórdidos. Años de cruzar miradas con hombres de las más diversas calañas. Años de perder y perder y perder...

El destino parecía quererme ahí. Cada vez que he estado a punto de tocar fondo, recibía una mano de cartas ganadoras que me mantenía en esta rutina, en este espiral descendente.

Había perdido mucho, familia, amigos, parejas y dinero. Pero siempre llegaba la mano ganadora y nunca fui capáz de ver que esas manos eran las que continuaban hundiéndome. No lo ví y seguí adelante. Hasta esa noche.

El lugar era uno de los mejores en los que había jugado clandestinamente al póker. La casa de una pareja adinerada que solía organizar mesas de juego, póker, dados, bakarat, blackjack... hoy jugábamos póker. Por eso estaba yo ahí, y porque un contacto de juego me comentó acerca de esta mesa y si quería participar.

Tras llamar a la puerta fui recibido por la pareja. Eran maduros y con estilo. Se veía que tenían dinero. La mujer me pareció muy atractiva y muy descarada en la forma de saludarme, mirarme y hablarme. Al principio me incomodó su actitud sensual estando su marido ahí mismo. Luego vi que a él parecía no importarle, al contrario, le divertía. Si a él no le molestaba, entonces a mi tampoco por lo que comencé a responder sutilmente a sus abiertas insinuaciones con sonrisas, comentarios y conversación.

Durante la partida, se paseaba por el inmenso y lujoso salón, en su ajustado vestido, lanzandome miradas mientras yo repartía mi atención entre ella y mi pésimas cartas.

Esta noche todo lo he perdido. Ella sobre el hombro de su marido me mira con malicia. El me ha desvalijado, me queda únicamente la ropa que llevo puesta, pero sólo porque la suya es mucho mejor.

Ella pide por mí. Una última oportunidad. Una única más mano para poder recomponerme. La mano ganadora. Si su marido acepta, no podré negarme. Pero ¿qué más podría aportar yo a la apuesta?, pregunto.

Te apuestas tú mismo, dice ella. Si pierdes, eres mío hasta mañana, suelta.

Parecía una apuesta ganadora, más allá de mis cartas... si gano, recupero el dinero, el reloj, el auto, el sueldo futuro de este año... si pierdo, tendré una noche con ella, y podría desquitarme con su cuerpo, poseyéndola una y otra vez, sometiendola sexualmente en una venganza intima. Sexo desenfrenado con la mujer de este maldito millonario que se regodea desplumando a pobres muertos de hambre como yo.

Vale, dije, acepto.

Dió cartas. La mano no era ganadora.

Con una sonrisa socarrona y sin mirarnos, el marido se concentró en juntar las cartas, las fichas, los billetes, mis llaves y los pagaré que había firmado. Ella rodeó la mesa recorriendo el esmaltado borde con su mano. Me invitó a seguirla con la mirada y me guió por la casa tomándome de la mano. Su cuerpo se movia delante de mi, como el de un sensual felino, con absoluta armonía, como flotando en el aire.

Entramos en una habitación de sexo. No era su habitación. Ni siquiera una habitacion de huéspedes. Era una habitación de sexo. En el centro una enorme cama, bien echa. De la pared colgaban dos juegos de esposas cromadas que levantaban reflejos de la intensa iluminación. Todo muy pulcro, muy ordenado, muy limpio. Una cámara de video con su trípode tenía a la cama en su cuadro. Sogas de terciopelo, vendas para los ojos, pañuelos, lencería para ambos sexos, juguetes a simple vista de una complejidad asombrosa, velas, aceites... todo mantenía un orden y una pulcritud sobre sus estanterías ya vista en la cama, y estaban estratégicamente ubicados para alcanzarlos desde allí.

Giró sobre si misma y se encaró conmigo, besándome profundamente con su lengua. Su marido no estaba ahí, por lo que ni siquiera parecía ser de los fetichistas que les pone observar a su mujer con otro hombre. Supuse que eran una pareja liberal.

Se arrodilló frente a mí soltando mi cinturón, desabotonando mi pantalón y tirando hacia abajo llevándose mi ropa interior. No estaba particularmente excitado. Me había arruinado hacia un momento y estaba en una habitación de sexo, por primera vez, con una mujer casada bajo consentimiento de su marido, que estaría, no sé, mirando TV en el salón. Muy extraño todo.

Su boca experta no tardó en corregir todo eso. Me excitó, consiguió una enorme erección y me hizo olvidar todos esos extraños y terribles detalles que me habrían hundido la moral. Todo desapareció culpa de sus labios, sus dientes, su paladar, el interior de sus mejillas y su lengua, que se dedicaban a satisfacerme a través de las sensaciones de mi sexo en su boca.

Eché mi cabeza hacia atras dejando escapar un jadeo profundo y tomé su cabeza entre mis manos, jugando con mis dedos en su suave pelo moreno cuando intensificó la velocidad de sus movimientos y caricias. Pensé que quería recibir mi orgasmo en su boca. Lo pensé hasta que se detuvó un momento antes de que se lo diese. Aturdido volví a la realidad.

Se puso en pié y me llevó a la cama, se acomodó y me pidió que la atase. Excitado aún por el mejor sexo oral que me hubiesen dado nunca y por su sumisión le coloqué las esposas. La desnudé estando atada desabotonando la infinidad de botoncitos que recorrian todo el frente de su vestido. Como había sospechado antes, no llevaba ropa interior.

Su cuerpo era perfecto. Sus curvas, sus formas, su piel. Le coloqué las esposas de los tobillos y adquirió una postura de X sobre la cama. Recorrí con la mirada todo lo que me rodeaba y tomé una venda negra para sus ojos, y se la coloqué. El solo hecho de habérsela acomodado sobre su rostro, la excitó provocándole un movimiento ondulante que la recorrio desde sus manos a sus pies. Tomé un envase de aceite perfumado, y lo abrí. El sonido de la tapa la hizo girar su rostro vendado hacia la fuente del sonido.

Dejé caer el aceite sobre sus pechos enormes de pezones rosados y erectos. La fina linea de aceite dibujo caóticas formas sobre las elevaciones, para convertirse en gotitas descendentes. Mi mano bajó y esparció el aceite. Sus pechos y sus pezones parecían cristalinos bajo la luz de los focos. Ella gozó durante todo el proceso.

Eché un poco más de aceite en mis manos. Luego apoyé toda la palma de mi mano sobre la suavidad de su sexo deliplado. Lo presioné, lo tomé, masajeé y acaricicié. Lo recorrí, lo abrí y lo penetré. Las puntas de mis dos dedos rozaron la asperesa oculta de su punto G. Ella gozó durante el proceso.

Me sentí tentado a acercarle la punta de mi pene a su boca inadvertida, pero yo ya había recibido. Por lo que me acomode entre la V de sus piernas abiertas y acerqué mi rostro a su sexo candente. La mezcla de olores del aceite y de su excitación era deliciosa. La recorrí de abajo a arriba con la lengua. La recorrí por los lados, por encima y por debajo, por dento y por fuera. Bebí la mezcla de su humedad y el aceite. Aunque no la hice llegar al orgasmo ella gozó durante el proceso.

La liberé de las esposas y una vez libre me encadenó a mi. Deseoso de sentir sus manos aceitosas sobre mi cuerpo, me desilusionó que cerrase el envase, limpiase y lo colocase sobre su estante. Tomó las vendas para los ojos y ahora me los cubrió a mí.

Lo siguiente que hizo, me pareció demorar en producirse. Hubo un momento de silencio, y luego sentí una gota muy caliente que cayó en mi muslo, para enfriarse enseguida y endurecerse casi en el acto. Estaba jugando con las velas sobre mi piel. Debía tener una de las que había visto sobre la estantería, encendida, acumulando la parafina líquida y haciéndola gotear sobre mí. Otra gota incandescente sobre mi pecho, otra sobre mi abdómen, sobre mi hombro, en mi cuello, en un pezón y justo cuando esperaba la gota sobre mi pene, se detuvo.

Otro momento de tensa calma. Escuche unos mecanismos y sin poder creermelo todo giró y quedé boca abajo en la cama. Sentí sus manos sobre mis sorprendidas nalgas. Sentí como las separaba y como su lengua me recorría desde la parte baja de la espalda hasta los testículos. Se centró en mi culo y me lo acarició con la punta de su lengua y lo recorrió dándome mi primer beso negro. Unas gotas cayeron sobre mis nalgas, y sobre mis testículos... eso me gustaba y no tenía idea de cuánto.

Tras otro momento de calma, sentí sus manos que me recorrían la cintura pasándome una banda de tela entre mi cuerpo y la cama, la que luego se tenso y me levantó por el medio. Su mano aceitada me llegó desde atras y me masajeó el pene erecto y los testiculos que me colgaban en el aire. Su otra mano aceitada, me acarició el culo y me metió un dedo sutilmente. ¡¿Como podía ser que esto me excitase así?!

Sentí como su cuerpo se acomodaba debajo del mío aun sostenido por la cintura y me empezaba a comer el pene desde abajo continuando con el masaje testicular. Cuando lo tenía lo más erecto posible, sentí el movimiento de su cuerpo girando, su mano tomando mi miembro para guiarlo y como su culo prieto iba cediendo a su empuje contra mi. Yo me dejé caer sin sostenerme por los piés para intensificar el empuje. Casi al momento la resistencia inicial cedía y dejaba que penetrase su ano suavemente. Me empecé a mover ritmicamente. Colgando sobre su cuerpo y moviendome como una marioneta torpe.

No requirió mucho que llegase a mi orgasmo dentro de su culo. Fue intenso e inmenso. Sentí su respiración agitada debajo mió. Era evidente que había tenido un orgasmo también, sin duda por haberse masturbado mientras manteníamos sexo anal.

Lentamente se movió y liberó mi sexo de su cuerpo. Sentí como resoplaba y se ponía en pié, alejandose de la cama. Poco después la cinta que me sostenía elevada la cintura, se aflojo haciéndome descender lentamente hasta depositarme sobre la cama. Esperaba que el mecanismo me hiciera girar nuevamente dejándome boca arriba, pero no sucedió. Senti sus manos abriendo las esposas y luego quitándome la venda.

La intensa y repentina iluminación fue dolorosa para mis ojos, que soltaron unas lágrimas en respuesta a la agresión. Me los froté y me fuí acomodando a la luz. Me pareció que había alguien más en la habitación con nosotros, pero cuando pude ver con claridad, vi que estabamos solos.

Estuviste muy bien, me dijo. Tu estuviste mejor, le dije. Me alegro que te haya gustado, contestó y agregó, tengo algo más para tí. Y señalando a uno de los estantes, vi todo mi dinero, los pagaré, las llaves del auto... todo lo que había perdido horas antes. No podía creerlo.

¿Para mí?, pregunté. Sí, claro contestó.

El tremendo alivio que me invadió tras tantas emociones fuertes, fue suficiente para que algo en mí cambiase dándome la certeza que era la última vez me relacionaría con el juego. Se había acabado.

Con una sonrisa relajada en mis labios me pasé la tohalla que me ofreció sobre el cuerpo, quitándome lo mejor que pude los restos de aceite y parafina. Me vestí y mientras recogía mis cosas, ella se metió en la ducha despidiendose. ¿Encontrarás la salida? preguntó. Sí, adiós y gracias respondí.

Saliendo de la habitación llegué al salón. Allí estaba el marido, que sin duda había estado en la habitación de sexo al menos para dejar todo lo que creí perdido sobre aquella estantería. Y sin duda observar lo que me hacía a su mujer mientras colgaba sobre la cama con los ojos vendados.

Miraba la TV enfundado en una fina bata de seda, seguro muy costosa. Sostenía un cigarro en la mano que caía a un lado del brazo de su costoso sillón. Parecía no importarle que la ceniza pudiese caer sobre su costoso suelo de madera lustrada.

Mientras me dirijía a la puerta, debió escucharme porque se incorporó en su sillón y se volteó dirigiendome una miráda cómplice por encima del hombro.

Pensé en darle las gracias por haberme devuelto lo perdido. Al fin de cuentas había recibido mi mano de cartas ganadoras, después de todo. Pero me cohibía haber estado con su mujer, era una situación un tanto incómoda para mí.

Tuvimos un momento de nada confortable silencio, manteniendonos la mirada. Luego se giró y acomodó en su sillón para continuar viendo TV.

Pero no hizo sólo eso. Antes, me lanzó un beso haciendo morrito con su boca y mirándome con la expresión más lasciva que había visto.

Me pareció lo más extraño de toda la noche... hasta que en mi mente una pieza de rompecabeza terrible cayó en su lugar con un sonido sordo revelando una imagen alarmante. Una ola de frío me recorrío desde la nuca hasta los huevos seguida por una ola de calor. Sentí que me mareaba, que me entraban nauseas. No, dije sin aliento.

Ya dándome la espalda, sólo obtuve una risa apagada como respuesta.

Sumergido


Si me hubieran dicho al principio de aquel verano que no pisaría la playa en toda la temporada, me hubiese resultado muy gracioso. La playa, la verdad, es que me gusta mucho. Pero hubo algo en la piscina de la urbanización que me gustó muchísimo más.

La socorrista.

La vi por primera vez desde mi terraza, a tal distancia, sin que se pudiesen apreciar detalles, me impactó el conjunto.

Se la veía tan sensual... y un tanto aburrida. La piscina aún en temporada no era un lugar muy concurrido. La gente que vivíamos en la urbanización todo el año eramos pocos, y los que venían en verano, a un piso alquilado o a su piso de veraneo, buscaban la playa.

El contraste de su piel rosada contra su bañador entero negro, con su cabello rubio, era hipnótico. Sentí la necesidad de bajar a la piscina, necesidad que no desaparecería en todo el verano.

Me preparé como si me fuese de marcha un sabado por la noche. Pero era domingo por la mañana y me iba a la piscina del edificio, llevando bañador.

Me vi caminando apresurado, por el pasillo hasta el ascensor. Llamarlo impaciente. Subirme antes de que las puertas se abriesen del todo. Practicamente correr hasta la puerta de la pisicina. Y a partir de ahí, donde ya la socorrista podía verme, continuar con paso casual, como si tal cosa.

Al ir acercándome y al ir descubriendo los detalles que antes habían quedado ocultos tras la distancia llegué a la conclución de que era sencillamente hermosa. Más, cuando me miró al acercarme por encima de sus gafas de sol algo caídas y me saludó.

Desde ese "hola", me esmeré en resultarle tan atractivo como ella me lo resultaba a mí. Quizá haya sido por la promesa de monotonía rota con mi continua presencia, que se mostraba entusiasmada con verme cada día. Quizá era que le gustaba y era yo que no me lo quería creer. Por lo que fuera, seguí por demasiado tiempo con el juego de seducción sin dar el siguiente paso.

Hasta el día en que casi me ahogo.

Cualquiera que lo hubiese visto todo desde el principio, hubiese pensado que fue un pretexto muy pobre, muy torpe para acercarme a ella. Y que era algo muy serio como para bromear con eso. Que ella estaba allí trabajando y muchas otras apreciaciones que hubieran sido igual de acertadas. Pero casi me ahogo de verdad.

El calambre me recorrió la pierna izquierda como un latigazo y me la dejó entumecida, inmóvil y con un dolor terrible a medida que los musculos se retorcían y acortaban. Estando en la parte profunda, no hacía pie, quedando, si me paraba sobre el suelo de la piscina, unos 40 centímetros de agua sobre mi cabeza. Tal era el dolor, que cualquier intento de braceo hacia arriba y hacia el borde, me doblaba restando efectividad a las maniobras.

En la piscina ya no había nadie y se acercaba la hora del cierre. Ella pensó, como era de esperar, que estaba bromeando. Una broma de mal gusto, pero broma al fin. Se veía en su rostro. Hasta que debió parecerle que la broma se prolongaba demasiado y en su rostro allí donde había desaprobación apareció la duda. Debía de preguntarse si podía ser tan tonto... o si me estaría ahogando realmente.

Así que tras un momento de incertidumbre se arrojó a por mí.

Bajo el agua la vi acercarse y así, sumergido, me pareció aún más hermosa que antes.

Me recorrió el pecho por detrás y me sostuvo mientras subiamos esos mortales 40 centímetros de agua por sobre nosotros. Me acercó al borde y ahí pude aferrarme y valerme por mi mismo.

-¿Te ahogabas en serio? -me preguntó tranquila y muy cerca de mi.

-Sí, claro. No iba a bromear con algo así -respondí a la defensiva.

-Para que te abrazara no hacía falta fingir que te ahogabas -dijo en una voz suave.

Casi le insisto que no era broma lo del ahogamiento, cuando una bofetada mental me hizo rectificar antes de hablar, para besarla.

Increiblemente me devolvió el beso, con un leve sabor a piscina. Su cabello estaba peinado hacia atrás efecto de haber sacado la cabeza del agua mirando hacia arriba. Su cuerpo se apoyaba contra el mío, prisionero contra el lado de la piscina. El agua fría y la excitación, hicieron que en mi pecho sintiese la pequeña dureza de los suyos. Sus manos me recorrían bajo el agua. Y su cuerpo se movía levemente arriba y abajo contra el mío.

Como socorrista profesional, era evidente que tenía experiencia en el agua. Y mi aturdimiento al demorar en disiparse, hizo que parte de la iniciativa fuera suya. Así, de pronto, me mordía el cuello, y me acariciaba el pecho. Apoyaba su pelvis contra la mía, apresando mi erección entre nosotros. Para entonces mi aturdimiento, junto con el calambre, habían desaparecido.

La tomé por la cintura y la puse en mi lugar, contra el borde de la piscina. La besé profundamente, saboreando su boca, y el sabor a piscina que compartíamos. Mis manos se infiltraron por los laterales de su bañador entero y fueron en busca de esas durezas pequeñitas que escondía. Allí estaban. El frío del agua hacía maravillas. Parecían dos piedrecillas blandas. Y al acariciarlos, apretarlos, retorcerlos, ella lanzaba pequeños gemidos apagados.

Aún infiltradas tras las líneas del bañador, mis manos bajaron a su pancita plana y la acariciaron, sabiendo que nada se interponía en el camino a su entrepierna. A la vez, echó su cabeza hacia atrás y su cadera hacia adelante, con los brazos abiertos a los lados sosteniendose en el borde.

No había mucho tiempo, estabamos expuestos, y en cualquier momento aparecería alguien y nos interrumpiría.

Por lo que me sumergí respirando profundamente. Puse sus piernas sobre mis hombros y mi cara frente a su cadera. Mis manos subieron a sus nalgas y las acariciaron bajo el agua. Luego movieron el bañador descubriendo la fuente de calor que tenía justo delante de mi boca.

Acerqué mi boca casi sin preliminares, ya que el entorno impedía determinar la humedad que hubiese allí acumulada.

Y coordinando mis manos que separaban sus pliegues desde abajo y mi lengua que los estimulaban, me centré en el placer que ella sentía y que yo percibía por los movimientos de su cadera sobre mi boca.

El agua hacía que su cuerpo sobre mis hombros resultase ingrávido. Mis pulmones mantenían aún reservas de aire, pero no por mucho tiempo. Sabía dos cosas,una, que no podía subir a tomar aire, porque eso acabaría con la situación y otra, que no podía quedarme abajo para siempre.

Sin importarme demasiado todavía, seguí acariciando sus pliegues con mi lengua, entrando y saliendo, y alimentando mi placer de lo que ella expresaba con sus movimientos de cadera.

No tardé mucho en sentir la necesidad de aire. Fue a la vez en la que ella comenzaba a experimentar su orgasmo sobre mi boca. No estaba dispuesto a quitarselo, a arrebatarle ese momento tan intenso. Si me había salvado la vida, arrojándose a por mí, se lo debía. Quizá mi destino era darle este placer que estaba ella experimentando y que me lo transmitía con sus movimientos, y luego debía ahogarme despues de todo. No, mejor aguantaba lo máximo que pudiese, y en cuanto ella llegara a su climax, yo saldría del agua... un plan perfecto, pero hubo algo que lo echó a perder.

Aunque hubiese querido salir a tomar aire no hubiese podido. De pronto, cuando ella tuvo su orgasmo, sus músculos se tensaron y sus piernas se anclaron a mi alrededor. No había forma de salir del abrazo de esas hermosas piernas. Toda la potencia de esos músculos entrenados impedían que pudiera liberarme. Y su orgasmo se prolongaba más allá de mi capacidad pulmonar... hacía rato excedida.

Me deje estar, relajado bajo su placer mortal.

De pronto su cuerpo se relajó y vi su cara junto a la mía, besándome bajo el agua.

Su beso estuvo cargado de un enorme placer sexual y de aire que llenó mis pulmones.

Maldita la sangre


Siglos habían pasado desde que recibió esa maldición a la que consideraba una bendición.

Resultó maldita gracias a un extranjero que había sido amigo de su familia, acaudalada, la más rica de la ciudad. Este hecho había atraído a muchas personas que intentaron acercarse a ellos, conociendo así infidad de personajes de todas las calañas. Pero aquel extranjero había sido único. Enseguida se sintió atraída en cuerpo y alma hacia él de una forma que no había experimentado.

Por aquel entonces la esperanza de vida era mucho más corta que la actual, por lo que las personas maduraban mucho antes. Era habitual que la mujer se casara con 15 años, teniendo hijos a partir de entonces. Ella había sido rebelde desde muy temprana edad y había tenido un padre que la adoraba y que era muy permisivo con ella, incluso al punto de permitirle ir en contra de las costumbres tan arraigadas de su época. Por ejemplo, casarse por amor, cosa poco común en su estrato social donde las bodas se realizaban para beneficio de las familias.

Así, con sus 20 años aún no se había prometido y no le importaba que pudieran ya tildarla de solterona. Esto a la larga la benefició, ya que al resultar maldita, el tiempo para ella se detuvo. Quedando prisionera en un hermoso cuerpo de 20 años para siempre. Y aunque el tiempo no la afectase, aunque fuese inmortal, pocas cosas hubieran podido matarla, su memoria le permitía rememorar todo lo vivido a lo largo de estos siglos como si hubiera sido ayer.

Recordaba la intensidad del deseo hacia el extranjero. Aún siendo un hombre mayor de unos 45 años, se había fijado en ella con sus 20 años, a pesar de ser mayor que su propio padre. Y a ella con su rebeldía a veces incensata y sin sentido, la hacía sentir aún más interesada en él. Así fue que poco despues de haber mantenido la primera conversación con aquel intesante hombre, que parecía haber conocido cada rincón del mundo, se entregó a sus deseos.

El miedo que sintió al conocer la realidad del extranjero fue mortal, el terror atenazó su joven e inexperto corazón, momentos antes de resultar maldita. El profundo terror entonces se mezcló con un placer que nunca más volvió a sentir, pero que desde entonces infinidad de veces había provocado.

Su primer contacto con alguien tras recibir la maldición había sido con su hermana menor. Sin entender lo que le estaba pasando, su nuevo instinto la guió de la mano por un camino de autodescubrimiento. Y la ayudó a seducirla. Y a matarla para alimentarse. Su familia no sospechó que tuviera algo que ver con la sorpresiva muerte de su hermana durante la noche, al encontrarla a ésta la mañana siguiente, pálida en su cama, con una expresión de calma en su rostro. El médico de la ciudad al examinarla no pudo encontrar las marcas de sus dientes. Ella descubrió que dentro tenía un instinto sexual que se había fusionado con su nuevo instinto asesino, y que con el tiempo la mantuvo a salvo de que sus personas cercanas relacionaran la cadena de desgracias que los afectarían de ahora en mas con la actividad de un vampiro.

Así, uno a uno fue alimentándose de su familia. A su hermana la siguió su cuñada, luego su hermano, luego su madre, luego sus pequeños sobrinos, la servidumbre y al final su padre. Con todos y cada uno había tenido relaciones sexuales. A todos y cada uno había seducido envuelta en su sensualidad sobrenatural. Y a todos había matado bebiéndolos hasta la última gota de vida. En todos los casos el médico certificaba la muerte por causas de una misteriosa enfermedad al parecer contagiosa, ya que en ningún caso tras la exploración de los cuerpos se encontró con las marcas de los dientes de la vampiresa. Ya en los ultimos casos, no quiso acercarse por la casa temeroso del contagio. En la cuidad se comentaba que el extranjero que había estado alojado en la casa de la familia, había traido consigo alguna extraña enfermedad de alguno de esos lugares inóspitos por los que había vagabundeado. Esa creencia no era del todo precisa, pero no se alejaba mucho de la realidad.

Al haber asesinado a toda su familia y a la servidumbre ya nadie quería acercarse por allí, ni tener contacto con ella ya que la consideraban contagiosa. No hacía mucho Europa había sido arrasada por la peste. La memoria colectiva estaba muy suceptible a noticias de extrañas enfermedades contagiosas.

Por ello una noche de verano, decidió abandonar su enorme y solitaria mansión en medio de la extensión de tierras de la familia, para no volver nunca más. Supo mucho tiempo después que cuando nadie tuvo noticias de ella, asumieron que había muerto de aquella enfermedad que asoló la familia. Decidieron entonces incendiar la casa quemándola hasta sus cimientos, sin entrar a verificar que ella estuviese muerta dentro, cosa que asumieron. Años después el Conde de aquella región se había apropiado de las tierras de la familia por la falta de pago de los impuestos a la Corona. Así no quedó memoria de su familia ni de su propia existencia.

Pero todo aquello había sido tiempo atrás. El mundo había cambiado mucho desde entonces. Y ella debió cambiar con éste. El cambio la había beneficiado. Hacía que no pasara hambre. La muerte hoy en día era tan habitual como lo fué entonces, como lo había sido siempre. Hoy solo que debía ser más cuidadosa en su proceder. La promiscuidad sexual la beneficiaba. Haber sido maldita a aquella edad y que el tiempo se detuviese en ella, la beneficiana. Su belleza natural la beneficiaba. Su profunda sabiduría adquirida tras cientos de años de existencia la beneficiaba.

Aún así le sucedió lo que pensaba que no le pudiese suceder. Se creía inmune a ello. Pero se equivocaba.

La modernidad le permitía acceder a métodos nuevos para acceder a su alimento. Entre ellos, estaban las redes sociales. Tenía hace unos años su perfil cargado en casi todos las redes sociales, en las más pobladas como MySpace, FaceBook, NetLog, incluso tenía su avatar en SecondLife. En todos se declaraba una vampiresa abiertamente sin que eso la pusiera en la mira de aquellas hordas enfurecidas que en la antigüedad le hubieran dado caza y quemado viva. Sin duda los tiempos habían cambiado.

Así, a través de una de estas redes sociales, la conoció. Natalia. Resultaba tan inocente, tan hermosa, tan deliciosa. Natalia se le acercó solicitándole su amistad en su red social. El perfil que tenía allí, con relatos eróticos no tan ficticios, con fotos de vampiresas obtenidas de la red había resultado un imán, una tela de araña de seducción a la que Natalia no había podido resistirse. No era la primera mujer que se le acercaba... aunque la gran mayoría obviamente resultaban ser hombres. Hombres que no tenían idea de cómo acercarse a una mujer, de cómo resultar tan sólo un poco interesantes u originales. Pero ella no quería más que alimentarse, por lo que como la araña con su tela, ella los atrapaba fingiendo interés en las tonterías que todos decían, al parecer habiéndolas aprendido en el mismo lugar, resultando tan predecibles, como la mosca que se sacude en la tela y solo consigue quedar aún más presa.

Pero Natalia era la inocencia personificada. Y mientras creía que la envolvía con sus redes de seducción, resultaba que se enredaba un poco ella misma. Natalia sentía cierta curiosidad por la seducción femenina. Había tenido alguna vez una experiencia con una amiga de su instituto con la que se habían besado y acariciado por encima de su uniforme. Desde entonces siempre fantaseaba con tener sexo con una mujer. Natalia sería una presa fácil.

Así se agregaron a su MSN y mantuvieron conversaciones durante unas semanas. Luego pasaron a utilizar sus camaras para verse. Ella utilizaba toda su seducción y Natalia sucumbía a ella. Entregándose de forma virtual sonriendo a sus comentarios, excitándose con sus historias.

Las semanas pasaron y ella cada vez más pensaba en Natalia, en encontrarla conectada, en recibir sus comentarios en su perfil, en obtener respuesta a sus mensajes. Y no la defraudaba. Ella sentía que el momento de alimentarse se aproximaba por lo que pronto provocaría el encuentro.

Así luego de un tiempo prudencial durante el cual fue seduciendola, Natalia parecía lista. Desde el principio había respondido a los estímulos que ella le envíaba ya sean escritos, por camara o por microfono. Natalia la deseaba. Y ella deseaba alimentarse.

El encuentro sucedió. Natalia y ella se encontraron en un centro comercial con la excusa de tomar algo juntas y conocerse en persona. Esto era habitual ya que ella no se entregaba tan fácil como para despertar sospechas, sino que luego de compartir un tiempo en línea, pasaba a un encuentro a primera hora de la noche, con la excusa que salía tarde de su trabajo. Y era entonces donde daba el golpe de gracia, utilizando su encanto de vampiro al que los simples mortales no podían resistirse. Natalia no fue la excepción, ya que si ella se lo hubiera pedido, se hubiese entregado allí mismo, en un rincón un poco apartado de la vista.

Tras el primer encuentro, como era habitual, era Natalia la que se obsesionó con el segundo, el cual no tardó en suceder. Ella la invitó a su casa y Natalia accedió de inmediato. No le importó lo apartado de la ubicación de la casa ni lo amplio de los jardines ni lo poco que se veía desde el exterior. Natalia quería entregarse a ella. Y ella la esperaba.

Cuando la recibió llevaba un largo, fino y transparente camisón. Natalia llevaba un vestido que le quedaba muy bien realzando sus atributos físicos, haciéndola lucir extremadamente sensual. Ella le tomó la mano y la invitó a entrar. Antes de cerrar la puerta, como siempre hacía, miraba alrededor en busca de miradas inoportunas.

La abrazó y le dijo palabras amables y la sedujo aún más. Natalia se sentía embriagada de placer en su presencia. Sus inhibiciones habían desaparecido por lo que haría lo que ella le pidiera. Ella la besó. Natalia recibió ese beso abriendo su boca esperando que ella le introdujese su lengua suave, humeda y cálida. Respondió al contacto de su lengua con la suya acariciándola dentro de su boca.

La excitación de Natalia era la más intensa que había experimentado. Era víctima de la mezcla de seducción e hipnósis de la vampiresa. Cuando ella la llevó a su cama, la siguió dócil. Allí ella se desnudó para Natalia quien comprobó la belleza de ese cuerpo milenario, la turgencia de sus pechos, la suave curva de sus caderas, la planicie de su abdómen, el cabello ondulado y negro cayendo sobre sus hombros. Natalia sintió el calor y la humedad entre sus piernas, la súbita dureza de sus pezones.

Desnúdate, le dijo y Natalia no demoró en hacerlo. Así en un momento estuvieron las dos desnudas una frente a la otra.

La vampiresa la tenía por completo bajo su dominio. Se le acercó y se le puso detrás. Su boca bajó a su oido y le susurró palabras exactas, la acarició de forma precisa. Natalia estaba en éxtasis. Su respiración se aceleraba. Su mente rodeada de algodones dejaba su conciencia en manos de la vampiresa.

Antes de alimentarse la vampiresa acostumbraba saciar su otra sed. Su sed sexual. Por lo que hacía que sus amantes se ocupasen de ella y siempre lo hacían deseosos de complacerla y ahora no sería diferente. Fue hacia la cama y se tendió en ella en actitud de entrega a la que Natalia respondió. Acercándose comenzó a acariciarle el cuerpo, estimulando sus zonas erógenas, besándola no solo en la boca, montándola, frotándose, gimiendo y jadeando. Ella sentía el placer que Natalia le daba de forma algo más intensa de lo habitual. Parecía ser que había demorado el momento de alimentarse más de lo normal. Debería haberla devorado algunas semanas antes. Pero si por demorar el momento, el placer que recibía aumentaba de esa forma, a partir de entonces, demoraría el momento.

Cuando ella obtuvo su orgasmo de vampiro cambió su actitud y se apoderó de Natalia, que se entregó entera. La acomodó en la cama y comenzó a tomarla. Caricias, palabras, besos. Sus dientes de un blanco perlado se alargaron dándole a su boca esa forma tan sensual de vampiro, con sus colmillos sutiles asomando y modificando la curva de sus labios. El momento de alimentarse estaba cerca. Natalia sentiría aquel terror que ella misma había sentido siglos atrás. Y luego el placer de ser devorada se uniría al terror, siendo la última experiencia de su vida.

Estaba entre las piernas de Natalia, asomando su lengua entre sus colmillos de depredador. Natialia estaba a punto de estallar de placer. Con su rostro envuelto en la expresión de los instantes previos al orgasmo de su vida, levantó su cabeza y quiso mirarla al tenerlo. Pero el terror reemplazó al placer. No era ella quien la besaba entre sus piernas. La reconoció detras de esa máscara monstruosa. Sus ojos estaban completamente negros, no tenían partes blancas, eran dos bolas negras cristalinas. Su boca era mas grande y sus dientes, esos colmillos eran de lobo. Sus manos aferradas al interior de sus piernas, tenían ahora unas uñas que parecían cuchillas por lo largas y afiladas. Un monstruo sensual estaba lamiéndola entre las piernas... y el terror era lo único que ahora sentía, incapáz de moverse.

La vampiresa entonces, viendo el terror en la expresión de Natalia, procedió a devorarla hundiéndo su rostro entre las piernas de su alimento, succionando sus labios exteriores e interiores y clavando ahí sus colmillos. Los forenses no encontrarían las marcas, como no lo hizo el médico de la familia siglos atrás, ni ningun otro encargado de examinar los restos que ella dejaba tras alimentarse.

Natalia gritó, se arqueó, aferro las sábanas en sus manos, puso los ojos en blanco comenzando a sentir aterrorizada el orgasmo más intenso de su vida, que se prolongaría lo que la vampiresa demorase en alimentarse.

Los ojos negros, a la altura de su monte de venus, cerrados, se abrían de cuando en cuando manteniendola bajo el dominio del depredador. Natalia no podía resistirse a ese placer ni a ese control. Movía su cadera lentamente arriba y abajo en la boca de la vampiresa mientras seguía gimiendo y gritando mientras ese orgasmo se prolongaba.

Lo que habitualmente es la humedad y el calor de la excitación, hoy se le mezclaba con la humedad y calidez de la sangre derramada de la herida de la que ella se alimentaba, aumentando las sensaciones.

Una lágrima se deslizó por la mejilla cada vez más pálida de Natalia, y ella la vió. Su concentración se perdió. Lo que ella creía que había sido la necesidad de alimentarse, a lo que la culpó por la aparente obsesión e interés que sintió casi desde el momento de conocerla se reveló como amor. Estaba matando a la única persona por la que había sentido amor. Con su mente cegada por el sabor de la vibrante sangre de Natalia que fluía del manantial, intentó pensar. Intentó recuperar su verdadero ser por sobre aquel ser monstruoso.

Se apartó de Natalia, de su manantial. Pero Natalia, la miró suplicante, No pares, tómame, dijo aún aferrandose a las sábanas y moviendo su cadera con las piernas abiertas y sangrando.

Ella se debatía entre su instinto arraigado hacía siglos y entre lo que sentía por ella, lo cual era nuevo y confuso. Y Natalia que seguía rogándole que la tomase. Pero no era Natalia en realidad, actuaba víctima de los encantos de la vampiresa.

En su interior la lucha se encarnizó. No quería perderla, quería mantenerla a su lado para toda la eternidad, quería maldecirla, bendecirla para que estuvieran juntas para siempre. No quería añorarla, ni sentir su ausencia en su corazon por siempre. No quería sufrir el resto de la eternidad. No quería enfrentarse a la realidad de su maldición, no quería darse cuenta de que en realidad no era la bendición que siempre había pensado que era.

Sus ojos se posaron en el cuerpo desnudo de Natalia. Sus ojos entrecerrados, su boca entreabierta, sus labios perfectos, su lengua que los recorría, su cuello sensual de mujer, sus brazos delicados, sus manos femeninas aferradas a la sábana, sus pechos que mantenían su forma desafiando a la gravedad aun estando recostada boca arriba, sus pezones erectos, ese abdómen plano y suave, el monte de venus que precedia a su sexo, esas piernas largas con muslos torneados... y la sangre... la sangre que aún manaba del manantial de su entrepierna.

Su ser monstruoso, su instinto asesino, su lado depredador fue víctima de Natalia a la que no pudo resistirse.

Universos en colisión


El placer la invadió entera de forma tan sorpresiva como sin motivo aparente.

Caminaba por un prado verde sobre hierba húmeda de rocío. El atardecer parecía sacado de una pintura paisajista. Todo tan idílico, sí, pero no como para que ese placer visceral de pronto la quemase de aquella forma.

Miró alrededor desconcertada viendo la verde pradera extenderse hacia el horizonte en todas direcciones. Nadie había, salvo ella en esa soledad. El sol por encima brillaba intenso pero sin quemar. No había viento, ni calor, ni frío. Unicamente aquel placer.

No había razón para sentirse así. Miró su cuerpo vestido con aquel vestido largo, blanco... y tan transparente notó. Se sorprendió que no llevara ropa interior, y que la transparencia de la tela y los pliegues del vestido dejasen ver las sombras de sus pezones, ahora tan erectos, y de su entrepierna, ahora en llamas por el placer aquel que crecía incomprensible.

Sus pies descalzos sobre la hierba húmeda ofrecían un agradable contraste de temperaturas, frente al calor que invadía sus entrañas y que aceleraba su respiración.

A su mente vinieron imágenes de todo aquello que alguna vez le había provocado tales sensaciones. Y no eran más que rostros de hombres... hombres y una mujer. Por su memoria desfilaron los momentos compartidos con aquellos amantes del pasado que la hicieron sentir alguna vez de aquella forma, que le provocaron alguna vez aquel placer tan intenso que resultaría casi celestial, si no fuese porque tenía tanto de sexual. Quizá hubiese algún vínculo entre esos dos conceptos que se ha perdido víctima del oscurantismo eclesiástico muchísimo tiempo atrás. Pero perdió interés en estas cuestiones filosóficas, frente a lo concreto que era ese placer.

Junto a ella, en su prado, pasó caminando distraídamente uno de sus amantes a los que había recordado. De pronto la notó en el prado junto a él. "Ah, hola." le dijo con una calmada sorpresa. "No, no eres tú", le dijo. El se alejó caminando con la misma indiferencia amable con la que había aparecido.

Luego apareció otro, y luego otro y otro más... y todos de una forma u otra expresaban su sorpresa y agrado de verla allí. Y ella a todos los iba descartando sin cuidado.

Dejaron de aparecer al poco tiempo, no había demasiados amantes en su historia.

Aunque se dedicaba a recordar e intentar asociar esta sensacion tan plancentera a alguien y algún momento en su memoria, no incluía en esta búsqueda a su primer contacto con el sexo. Había sido algo más traumático que placentero, un trance por el que había que pasar inexorablemente. Incluso aparecían momentos anteriores a la pérdida de su virginidad, momentos de caricias, roces, besos en zonas prohibidas... Pero no su iniciación.

Luego sí, aparecían los recuerdos que incluso no recordaba hasta entonces, en donde había sentido un placer similar al que ahora invadía su mente ademas de su cuerpo.

Sus manos recorrieron su propia piel y se notó desnuda e incapáz de evitar acariciarse. Pensó que quizá ella era la causante de ese placer, pero enseguida desechó la idea, ya que no era un placer autoinducido... era mucho más intenso, más parecido, más cercano al que sentía con él.

Pero aunque había logrado asociar el placer, ese hombre no había aparecido por ahí entre los que sí se había encontrado paseando por su prado.

...

El estaba muy muy lejos de ahí. En su propio universo.

Despierto en mitad de la noche, volcado sobre la otra mitad de la cama, entre las piernas de su amante. Aunque no lo decía, él sabía que su amante estaba sintiendo un gran placer en ese momento, ya que su cuerpo con sus contorsiones inconsientes hablaba por ella.

El no se imaginaba en otro universo había alguien pensando en él en ese preciso momento.

...

Ella en medio de su pradera lo recordó de una forma tan intensa que sintió la humedad acumulándose a la vez que su temperatura se elevaba.

Algo le presionaba el pecho y la hacia respirar con dificultad, cada vez más deprisa. Su mente fue invadida por las sensaciones. Algo pasaba con la fuente de su placer, sea cual fuere. Se habia intesificado y la estaba embriagando, haciendole perder la concentración, perdiendo de vista la pradera, el cielo, el sol, las nubes, todo su paisaje de tonos pastel.

En su deliciosa confusión se sintío aún mas confusa cuando supo que su universo no era en donde él estaba, aunque algún nexo compartían que los mantenía en una unión que podía extenderse en el tiempo y el espacio...

Supo tambien que su universo se desmoronaba, los colores se apagaban, el horizonte desaparecía a medida que sus universos, el de ella y el de él, entraban en una trayectoria de colisión.

Su cuerpo se contorsionaba en movimientos suaves pero incontrolables y los universos se acercaban.

...

En su acto de amor, él, en su universo, supo de alguna forma, que esa colisión se produciría de un momento a otro, aunque no lo hubiese expresado en estas palabras de haberlo expresado.

Lo sentia en sus labios que estaban entre las piernas de su amante.

...

Ella sintió el placer profundizarse, que la arrancaba de allí, que la empujaba en su universo, que lo aceleraba y lo haría chocar...

Y se produjo la colisión, brutal, visceral, profunda, intensa, deliciosa...

Ella llegó al orgasmo cuando abría sus ojos traída a este universo desde el suyo propio, traída de los sueños a esta vigilia... justo para ver el rostro de él entre sus piernas, besandola ahí de forma furiosa y suave.

La colisión de los universos se produjo entre sus gritos.